Editorial

Peor que una crisis

EL tópico hablaría de una semana negra para España. Lo ocurrido es, sin embargo, la concatenación de malas noticias económicas cuya génesis viene de lejos. Tarde o temprano iba a ocurrir que el paro afectase a más de cuatro millones de españoles, que alcanzásemos el séptimo trimestre consecutivo de recesión (casi dos años seguidos reduciéndose el Producto Interior Bruto), que el déficit público superase el 11% del PIB, que los mercados internacionales y las instituciones europeas desconfiasen de la solvencia de España y que la Bolsa se diera, en consecuencia, un batacazo espectacular. Todo esto ha pasado en el momento en que, al fin, el Gobierno parece haber entendido la gravedad de la situación y se ha decidido a acometer algunas de las reformas que los expertos vienen demandando, pero sin salir de la sensación de desconcierto que emana del Consejo de Ministros: un día se anuncia que la edad de jubilación se retrasa de los 65 a los 67 años a fin de garantizar la viabilidad del sistema de pensiones en el futuro inmediato y a los pocos días, ante la reacción airada de los sindicatos, se da marcha atrás y se matiza que se trata sólo de una propuesta a negociar. Más increíble aún ha sido el episodio posterior en el que se remite a la Unión Europea un documento comprometiéndose a reducir el gasto social para evitar que el déficit siga disparándose y a las pocas horas se elimina uno de sus puntos (el aumento del número de años cotizados, que se usa para calcular la cuantía de cada pensión). Es como si se quisiera vender al mundo que España está dispuesta a hacer sacrificios y ajustes impopulares para poder pagar la deuda externa y volver a la senda del crecimiento económico, pero al mismo tiempo se tratara de eludir las consecuencias negativas de estas medidas en la política interna. Así no podemos seguir, sencillamente. El Gobierno tiene que aclararse, estar convencido de que el país ha de apretarse el cinturón, gastar menos y mejor, reformar sus estructuras obsoletas y aumentar su productividad, y defenderlo con firmeza ante los ciudadanos, sin ceder a los grupos de presión establecidos. La oposición, que también sale malparada en las encuestas, ha de entender que no puede sentarse a esperar el cadáver político de su adversario y evitar irresponsablemente las tomas de posición que crea que pueden restarle votos. Hace falta un pacto nacional para salir de esta situación de emergencia. Sin arrimar todos el hombro esto no tiene remedio.

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