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La ciudad y los días

Carlos Colón

Pepe da Rosa, el día después

JUAN Tribuna escribía los guiones, y Manolo Méndez y Pepe da Rosa interpretaban los personajes. Eran el tío Pepe y su sobrino, creadores en Radio Sevilla de la fórmula que veinte años después inventaron los archifamosos conductores de los millonarios programas deportivos nacionales de medianoche. ¿Que cómo se puede inventar en Madrid lo creado en Sevilla? Porque inventar, lo que se dice inventar, sólo se inventa en Madrid. Todo lo más en Barcelona. Aunque Juan Tribuna, Manolo Méndez y Pepe da Rosa crearan una nueva forma de hacer radio deportiva y la mantuvieran en antena tantos años como pocas emisiones radiofónicas lo han logrado.

Fue necesario que llegaran los nacionales -es decir, TVE y la discográfica RCA- para que el talento humorístico de Pepe da Rosa fuera nacionalmente reconocido. España descubrió entonces lo que a tantos sevillanos les había puesto desde hacía muchos años la sonrisa en los labios; y no sólo con El tío Pepe y su sobrino, sino con La hora de Pepe da Rosa y Las cosas de Pepe da Rosa, monólogos humorísticos que inventaron los americanos -esta vez ni Madrid siquiera-, aunque él los hiciera décadas antes de que se importara aquí lo de esos tíos feísimos diciendo sus pocas gracias encaramados sobre un taburete ante una pared de ladrillo. Pero es que Pepe da Rosa no era de Nueva York, sino del Calvario.

Humoristas de genio, Sevilla ha dado unos cuantos. Y sólo han triunfado fuera de ella los que tuvieron la suerte de ser disparados a la fama por los cohetes del Cabo Cañaveral de los medios nacionales. Nuestros cohetes son de corto alcance, como el Cibeles I que lanzaba en El astronauta ese Tony Leblanc a quien tanto admiraba Pepe da Rosa. Pepe se vengó a la sevillana manera de lo que nos venía de fuera poniéndolo en evidencia con sus sevillanas que rimaban Kojak con chirimoya, Banachek con chalé, Colombo con tongo y McCloud con atracao; o mandando a JR del Cabo de Gata a Finisterre. Prolongaba y renovaba el género de la canción bufa del Emilio el Moro que había dejado "desfiguraítos" a Machín ("Mira que eres bizca, qué horrorosa eres") o a doña Concha Piquer ("La vecinita de enfrente no tiene los ojos grandes, pero tiene dos verrugas que parecen dos tomates"). Son cosas muy antiguas, pero nunca viejas; muy nuestras, pero no localistas.

Existía con Pepe da Rosa la deuda más difícil de pagar: tres décadas de risas que hicieron la vida un poco más alegre. Ayer, en el Alcázar, se saldó una parte gracias al cariño y el tesón de su mejor obra: su hijo. El resto lo iremos pagando a plazos de recuerdos conservando viva su memoria.

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