HACE unos días, releyendo Carnets, de Albert Camus, me encontré con este comentario: "Con la guerra de España, mi generación comprendió por primera vez, que se podía tener razón y sin embargo perder una causa".

Parece que este razonamiento "tener razón y perder una causa" es un contrasentido en la sociedad occidental. Desde pequeño, se nos enseñó que tener razón implicaba el triunfo. Que si nuestras ideas eran justas ello implicaba el éxito. Pues parece que no, y si unos perdieron una guerra en una época dramática, hoy día muchas personas pierden alguna batalla cotidiana y otros pierden "su" guerra: afectiva, existencial, vital.

Desde un punto de vista psicológico, podría decirse que el perder implica siempre un duelo: el no lograr una aspiración, sea del tipo que sea, trae aparejado sentimientos de muy distintos signos: tristeza por no haber alcanzado los objetivos, las metas que uno se había propuesto; vergüenza ante los demás, por haber sido derrotado; a veces odio hacia el triunfador que consigue el éxito; sentimiento de lo injusto de la situación: se tenía razón y se perdió la causa… Desde esa ambivalencia de sentimientos, la persona tendera a buscar el equilibrio mediante el trabajo de elaboración psicológica interna y a replantearse tanto su situación personal como aquello que falló en su estrategia para conseguir la victoria. Al final, siempre encontrará una respuesta a la interrogación sobre las causas de la derrota. De ahí el dicho popular "quien no se conforma con su suerte es porque no quiere".

Y aunque serán muchos los que consigan reafirmar su Yo ante el fracaso de su "causa" y de adaptarse a la nueva situación, también es cierto que habrá personas que no se conformaran con su suerte: unos entrarán en un estado de resentimiento que amargará sus vidas; otros caerán en un extraño estado de ánimo y se apartarán a un lado de la vida, sin ganas de vivir: es la depresión; finalmente, otros seguirán en el camino, vacilantes, con escasa energía, están ahí cada día, pero con el sentimiento de haber perdido una vez más, de no encontrar su sitio en la sociedad: son los perdedores.

Y a partir de aquí cabría preguntarse ¿por qué tantos perdedores? ¿Por qué viene siendo tan común el encontrar a tantas personas con una autoimagen de perdedor? La sociedad occidental parece como si tuviera tendencia a generar entre las personas unas expectativas de éxito que no se corresponden con la realidad de los hechos. Desde el propio concepto de éxito, profundamente ambiguo, pues parece como si aquél estuviera ligado al poder en su acepción más arcaica: de mando, de dominación, de humillación, de exclusión y anulación de los otros o a la obtención de unos beneficios económicos tan rápidos como inalcanzables.

Para ellos existir es dominar a los demás, y por tanto es inconcebible una relación de igualdad. Es lógico que una persona que incorpora ese discurso en su vida, si no consigue esos objetivos, será de tal gravedad la herida narcisística recibida que se considere un perdedor, un fracasado, un frustrado. En otras ocasiones, las personas precisan conseguir un éxito profesional sobre la necesidad de ser admirados por su entorno, pero, eso sí, creando una situación de despotismo hacia éste pero al mismo tiempo de dependencia emocional hacia el mismo.

Si el entorno profesional reacciona tal como ya diría don Luis de Góngora: "Déjame en paz, amor tirano, déjame en paz" se producirá en el bulímico de éxito el paso al acto, con ataques de cólera, mezclado con estados de abatimiento, ya que no tiene quien lo admire. En resumen, parece como si en los tiempos actuales fueran muchas las personas que sufrieran carencias narcisísticas, que suplen mediante la violencia ciega; la hostilidad hacia el otro; la dependencia emocional o el consumo de estupefacientes.

A veces la existencia se nos presenta como el juego del ajedrez: alfiles capaces de dar jaque a distancia; caballos que saltan sobre sus adversarios; torres que se enrocan a la defensiva, reyes que no se mueven porque ya lo hacen sus reinas por ellos y peones que están para abrir y cerrar caminos para las otras piezas del ajedrez de la vida.

Para los que se sienten eternos perdedores, la derrota será el eje central de su existencia. Ello será generador de una frustración paso previa a la violencia, como expresión de una forma retorcida de satisfacer ese éxito tan anhelado, sea mediante la humillación de su entorno sentimental -esa violencia doméstica que no cesa a pesar de las drásticas medidas punitivas existentes- sea en el entorno social, en el cual los otros serán el infierno mismo. Vivir para el odio, morir ante sí mismo.

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