DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Perder la posteridad

HA publicado mi co-colega (profesor y poeta) Víctor Jiménez un libro de poesía de la experiencia del profesor de secundaria. Es un libro desencantado que podría leerse desde la sociología como un síntoma. A mí, sin embargo, de Al pie de la letra me ha llamado mucho la atención -además de la buena factura, que con Víctor Jiménez se da por sentada- un poema titulado Los buenos estudiantes donde él repasa sus ocasionales encuentros con sus antiguos alumnos más brillantes, que ahora son profesionales de éxito, y que le saludan apresuradamente, camino a sus encumbradas ocupaciones. En cambio, los estudiantes más normales o peores, que ve de camareros o de recepcionistas, le saludan afectuosamente y hasta recuerdan anécdotas o le agradecen sus inútiles esfuerzos de entonces. El poeta se pregunta entonces a cuál de los dos grupos tendría que haber puesto buena nota en humanidades.

El poema es muy bonito y se basa, seguro, en hechos reales. Sin embargo, creo yo que no se trata de que los alumnos peores nos recuerdan mejor, sino que los alumnos, todos, suelen guardar un recuerdo más vivo de aquellos profesores que se lo pusieron más difícil, por los que pasaron alguna noche en vela, estudiando sin tenerlas todas consigo y contra los que protestaron amargamente por los pasillos. No es que los estudiosos desdeñen a su profesor, sino que tuvieron que sufrir poco con aquella asignatura, o sufrieron mucho más con otras en su carrera y ésas son las que se han quedado marcadas a fuego. La memoria con sangre entra.

Así las cosas, el poema no sería tan triste. Los alumnos valoran y agradecen más a aquellos profesores que les pusieron el listón más alto, forzándoles a sacar fuerzas de flaqueza y a salir del curso más sabios y más disciplinados. Las asignaturas tan fáciles que apenas son un paseo pasan sin pena ni gloria, aunque los alumnos no sean conscientes de que castigarán con una indiferencia sobrevenida las excesivas suavidades y miramientos que ahora agradecen tanto.

Algún lector que sepa que soy profesor pensará que escribo esto en defensa propia, y es todo lo contrario. Mi asignatura es fácil y transversal y yo procuro hacerla más sencilla y deslizante, si cabe. Con ello me gano un merecido olvido, quizá, por parte de mis alumnos, que recordarán mucho mejor las largas horas de estudio y los agobios de otras asignaturas más troncales en todos los sentidos. Podría ponerme mucho más riguroso, es cierto, pero no sé si estaría justificado si es por la vanidad de que hablen también de mí en las reuniones de antiguos alumnos y me saluden detenidamente luego por las calles.

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