La ciudad y los días

Carlos Colón

Pido asilo en la calle Feria

DURANTE mucho tiempo pensé que mi asilo favorito, de llegar a viejo, sería el de San Juan de Dios del Salvador. Luces en la calle y Nacimiento en navidades. Toldos en el Corpus. Casi todas las cofradías que más quiero a pie de balcón: Borriquita, Amor, Desprecio y Amargura el Domingo de Ramos; San Bernardo el Miércoles Santo; Pasión el Jueves Santo; Jesús Nazareno, Sentencia y Esperanza en la Madrugada; y remontando un poquito hasta la Cuesta del Rosario o Cuna, Fundación, el Señor con la Cruz al Hombro y San Isidoro. Me faltarían el Cautivo, la Victoria y el Calvario. Y el Señor, si para entonces su cofradía no regresa por donde debe. Pero no se puede tener todo. Ya me llevarían mis hijos el Domingo de Ramos al besamanos del Señor, el Lunes Santo al Tiro de Línea y la mañana del Jueves Santo a la Magdalena. Y Sierpes está al lado. Tendría además de vecino a Jesús de la Pasión que, como es sabido, es Señor de personas mayores, abrigos de espiguilla, bufandas cruzadas sobre el pecho y mascotas en la mano; porque una vida no basta para la espeleología devocional que pueda penetrar la abismal hondura de su misterio sagrado.

Pero resulta que conforme pasan los años y va doliendo el azahar en la memoria se cumple el "allí donde nací una vez moriré siempre" de Montesinos. Y sin merma de las otras devociones una dulce e irresistible fuerza me va llevando a San Juan de la Palma y la Resolana. Por eso cuando el Club de Leones decidió convertir en asilo la Casa de los Artistas del barrio de mi infancia y de mis lecturas adolescentes en patios a los que las injurias del tiempo no hacían sino más bellos, le dije a Luis León que allí debíamos acabar los dos, el capataz que para entonces sería leyenda macarena y este escribidor que, cuanto más viejo se hace, más de San Juan de la Palma se siente y mejor entiende por qué Miguel Hernández culminó su Canción última pidiendo: "¡Dejadme la Esperanza!". Veríamos la botadura del barco del Desprecio mecido por Silencio Blanco y el nacimiento de la Amargura al atardecer azul marino del Domingo de Ramos. Y el Viernes Santo temprano, la Macarena.

Pero resulta que ahora se piensa convertir el Palacio de los Marqueses de la Algaba en asilo, justo en la mitad del camino que lleva de la Amargura a la Esperanza, junto a la alegría y la vida del mercado, cerca de la Conde de Torrejón en que cada año se me viene encima la avalancha de ternura del Desprecio y al lado de los caminos -Feria, Relator, Parra- de mi Esperanza. Bendito sea Dios. Habrá que decidir qué hacer si para entonces no soy uno de los macarenos por los que Esperanza da su última levantá.

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