tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Pintan bastos

CUANDO supimos que Roldán, director general de la Guardia Civil, era un delincuente, empezaron a caérsenos los palos del sombrajo. Luego nos dijeron que entre los castos llamados a dar el máximo ejemplo moral estaban los campeones de la pederastia, y que había banqueros que cultivaban latifundios especulativos en paraísos fiscales, y hasta Coronas, antaño doradas, con el brillo de la hojalata. Los mitos del tiempo viejo se caen como las cartas de un castillo de naipes. Pintan bastos.

La monarquía ha sobrevivido 35 años por encima de la línea de flotación de la democracia. Las generaciones de la transición política saben que se hizo una buena Constitución, fruto del tira y afloja de unos y otros, donde los otros aún blandían los sables... Probablemente, en el espíritu de las Cortes constituyentes dominaba el sentimiento republicano, pero los intentos de desatar lo "atado y bien atado" eran respondidos con la amenaza del freno y marcha atrás. El 23-F aumentó la legitimidad del Rey en el contador de la percepción pública que mide los gestos.

El capital adquirido en 1981, que deshizo la idea de una monarquía bendecida por el dictador, se ha mantenido en la opinión durante años, sin altibajos. Y no ha sido un cambio brusco o el malestar general lo que, más recientemente, ha devaluado la imagen de la Corona, sino debilidades propias que no se curan con los paliativos de la transparencia limitada. El Rey ha entrado en la agenda política y, en democracia, la transparencia limitada llama a la plena transparencia. Las imágenes amables del cuché rosa viran hacia la crónica de sucesos. La prima de riesgo aún está lejos del orteguiano Delenda est Monarchia, pero se ha disparado.

En el barómetro del CIS de septiembre, con el yerno sin aflorar, la confianza de los españoles en la monarquía no alcanzó el aprobado. A más instrucción y alejamiento generacional del franquismo, se acentúa el desapego a la Corona, no obstante situarse muy por encima de la desacreditada clase política.

Dice el abogado de Urdangarín que "la ejemplaridad la marca la ley", cuando la resolución de La Zarzuela, que busca salvar los muebles, lo lleva a la plaza pública. Olvida que los gestos, como el que transcendió del 23-F, son determinantes y no los marca la ley. Y que la mujer y los yernos del César no sólo deben ser honestos, sino parecerlo. Los clásicos hablaban de las "dos almas del rey", la personal del monarca y la de la monarquía. Urdangarín forma parte del alma de la institución. En las monarquías globales del Renacimiento, el sol jamás se ponía; en los tiempos de la globalización, el sol de las monarquías locales está más cerca del ocaso.

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