Hoja de ruta

Ignacio Martínez

Pisa, torre inclinada

HACE tiempo, subí hasta la octava planta de la Torre de Pisa. Los cinco metros de desviación sobre su eje impresionan tanto, que uno tiene la sensación de estar subiendo por un castillo de naipes. Quizá por eso, la primera vez que oí hablar del Informe PISA pensé que tenía un nombre adecuado, dada lo compleja y delicada que es la educación. Pero toma ese nombre de un programa internacional de evaluación de resultados de estudiantes, que patrocina la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. La OCDE es una institución con sede en París, heredera del organismo que coordinó el reparto de los 13.000 millones de dólares de ayuda del Plan Marshall, para la recuperación de Europa en la posguerra. Y ahora se dedica a repartir buenos consejos.

Andalucía ha quedado mal en el informe PISA de este año. Estamos peor que la media española en lectura, matemáticas y ciencias. Nos gana todo el mundo en el norte. ¿Y qué esperaban? El índice de lectura de periódicos en la cornisa cantábrica es el doble que en Andalucía. Así que, si los mayores no leen, ¿cómo vamos a esperar que lean los jóvenes? La televisión pública regional, Canal Sur, hace sitio en sus programas a gordas dicharacheras, copla y simpática ordinariez. Y el Partido Socialista ha hecho una nueva ley de la RTVA que marca una mayoría para elegir al director general, una cualificación para sus consejeros y unas competencias para su consejo sensiblemente inferiores que las que ese mismo partido ha aceptado para la televisión nacional. No creo que nuestra televisión pública contribuya a mejorar las ambiciones intelectuales de los andaluces. Y ahora todo promete seguir igual.

He visto que los coreanos son los primeros en comprensión de la lectura en el estudio PISA. He sido compañero de coreanos y japoneses en una clase con europeos de Suiza, Alemania, Francia o España. Y los coreanos eran los más trabajadores, con mucha diferencia. La autodisciplina la llevan en la sangre: desde niños les dicen que si quieren ir a alguna de las grandes universidades del país, tienen que estudiar decenas de horas a la semana. Y lo hacen.

Aquí se ha perdido el espíritu de sacrificio, pero la culpa es de todos. De los medios de comunicación, de leyes permisivas, herederas de Rousseau, que hacen honor a la bondad natural de hombres felices y libres; de una generación anterior escasamente ilustrada y nada aficionada a la cultura... Nos hemos metido mucho con la consejera de Educación, que tiene un nombre de pila que se presta a chascarrillos sobre su inocencia. Pero se ha atrevido a evaluar el sistema educativo andaluz. ¡Chapeau!, señora. Su presidente lleva en el cargo desde 1990 y todavía no se ha atrevido a examinar su trabajo en unas elecciones regionales en solitario. Le gana usted por muchos enteros.

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