cuchillo sin filo

Francisco Correal

Un Pitt-Rivers para Ubrique

ERA el segundo más conocido de cuantos asistíamos en el hotel Colón a la presentación de un libro sobre la cocina en la casa de Dueñas. La primera, obviamente, era la duquesa de Alba, a la que últimamente le salen libros hasta de debajo de los blasones. Era un joven con el pelo ensortijado y un micrófono rematado con una carátula que decía Sálvame. Se había ganado a pulso su popularidad permaneciendo varios días de guardia en la finca Ambiciones, propiedad del torero Jesulín de Ubrique. Esta notoriedad sobrevenida de topónimo tan hermoso es como una plaga bíblica, un Puerto Hurraco sin muertos.

Me lo contaba entre el sarcasmo, la impotencia y la desolación Ángeles Carrasco. La directora de la Agencia Andaluza de Flamenco es de Ubrique y dice que sus vecinos ya no saben qué hacer para librarse de esa maldición de nuevos epifenómenos de este paisanaje cutre. La mujer que brindó cuando en Nairobi el flamenco fue declarado patrimonio inmaterial de la humanidad pensará que habrá alguna instancia internacional con capacidad moral para restituir la honra y el sosiego de todo un pueblo. Valores soliviantados, en primer término, por un ilustre paisano que en un hotel de Benidorm cayó en el embrujo de una madrileña harta de ser anónima.

Cuando Julian Pitt-Rivers llegó a Grazalema con un salvoconducto de su maestro Gerald Brenan para realizar el primer estudio antropológico de un pueblo andaluz, eligió un nombre ficticio, Alcalá de la Sierra, para burlar los rigores del franquismo. A aquel británico a quien tuve la fortuna de conocer (la segunda vez, poco después de que me arrollara el toro de cuerda de la capital del pinsapo) lo tomaron algunos lugareños por un espía. Las cadenas de televisión deberían recuperar esa fórmula utilizada por el antropólogo británico y utilizar un pseudónimo convenido cada vez que se refirieran al municipio de Ubrique. ¿No hay una SGAE que vele por el buen nombre de los pueblos y ponga pie en pared a este choteo permanente?

Ubrique nadie lo asocia en cualquier punto de España alejado de esta ruta de los pueblos blancos con las maravillas de cuero de Ana Camargo. Nadie sabe que allí fue párroco José Enrique Ayarra, el cura aragonés que en mayo cumplirá sus bodas de oro como organista de la catedral de Sevilla; o que de Ubrique es natural Manuel Coronil, cónsul de Islandia en Andalucía, islandés consorte por su matrimonio. Sólo se conocen las historias de unas cuantas pedorras y unos cuantos ganapanes que representan una coral Fuentebajuna para solaz de una clientela anestesiada y escarnio de unos paisanos que miran al horizonte esperando la llegada de un nuevo Pitt-Rivers, aquel impagable don Julián.

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