Manuel Sánchez Blanco

Plaza de la Encarnación: por fin una plaza (y II)

HE tenido ocasión de visitar, por fin, el resto de espacios del complejo-plaza Metropol-Parasol: el Antiquarium y la pasarela mirador. Completan, junto al mercado y la plaza propiamente dicha (ya comentadas), la gran infraestructura urbana de la plaza de la Encarnación, icono e hito de la Sevilla del XXI que convive ya de tú a tú, con los otros hitos de la ciudad, y que poco a poco va ganando adeptos y admiradores frente a sus detractores pertinaces. Paso a contarles mis impresiones de estos espacios, con un único propósito: animarles a que los visiten.

El Antiquarium es una auténtica maravilla, tanto por su contenido, como por su formalización y funcionamiento. Espléndidamente iluminada, discurre la visita sobre unas plataformas impecables que no se hacen notar, trazando un laberinto bellísimo sobre el que admirar la gran labor arqueológica realizada por el equipo del profesor Amores. Atarjeas y pozos de la red saneamiento romanas surgen ante nuestros ojos, mosaicos de las estancias de las casas romanas (s.II, s.III, s.V), o de la casa almohade del siglo XIII; los inmensos ladrillos romanos que conforman los gruesos muros a la capuchina; las piscinas de cría de peces capturados que utilizaban para fabricar esa pasta de pescado que ellos tanto apreciaban (factoría de salazón de pescados del siglo I). La pequeña iglesia visigoda o paleocristiana del siglo VI con su altar semicircular, completa una muestra espectacular que nadie debería dejar de visitar.

Sólo dos cuestiones me sorprendieron e inquietaron: las transparencias de colores de los muros perimetrales de vidrio del recinto, y la presencia chocante de los tirantes estructurales de los grandes pórticos metálicos que sostienen el techo de la sala (podía haberse planteado otra solución mecánica que los evitara, o en su caso, haberlos camuflado convenientemente). Felicidades, de nuevo, al profesor Amores que luchó por mostrar estas excavaciones de primer nivel arqueológico y a mi compañero, el arquitecto autor del proyecto, F. Palomino por su espléndido trabajo.

Y ahora, señoras y señores, viene el gran espectáculo. Un ascensor nos eleva a la planta mirador. La salida es sorprendente y espectacular: ante nuestros ojos imágenes inéditas de nuestra ciudad. Iglesias enmarcadas por la cuadricula que conforman los parasoles. La forma alabeada de éstos asemejándose a un oleaje, la pasarela que te va mostrando distintos puntos de vistas en un recorrido zigzagueante de subidas y bajadas. Sencillamente perfecto. Llévense las cámaras fotográficas porque lo agradecerán. Es, sin duda, uno de los espacios más atractivos de nuestra ciudad.

Desde allí arriba estuve buscando "el espíritu de la ciudad y sus espacios sensibles", "el decir oculto de sus calles y plazas". Y sólo encontré un sol de justicia (imprescindible llevar sombrero y gafas de sol). Insistí por ver si encontraba algún "mamarracho o adefesio" y sólo encontré belleza, contrastes y vida. Escudriñé la ciudad desde esa atalaya por notar si "protestaban los viejos edificios" y sólo encontré que se hacían más hermosos. Se conoce que carezco de la más elemental "sensibilidad urbana", que soy incapaz de descubrir lo que permanece oculto para la gran mayoría de los mortales. Imperdonable.

Ya lo dijo Steven Holl: "La belleza es algo vivo y dinámico, por eso es cambiante y redefinible constantemente, debido a ello el artista debe ser arrogante y arriesgar para lograr lo singular, lo irrepetible". Yo creo que en este punto todos estamos de acuerdo: la plaza es singular e irrepetible. Terminaba Holl diciendo: "La arquitectura es una lucha contra las fuerzas negativas. La humanidad siente reticencias hacia lo atípico, lo singular; por eso, esas fuerzas tratan de torpedear los edificios para asimilarlos a un lugar común, a lo conocido, a lo que no da miedo". ¡Pleno del maestro americano!

Escribía V. Verdú acerca de la buena arquitectura hace unos días: "…Es aquella que se ocupa del interior y no de exteriores de planchas de titanio; aquella que crea espacios óptimos, ámbitos de vida y de experiencia allí donde no había nada; recintos para amparar las buenas sensaciones, el bienestar o la amistad". Yo y muchos conmigo, hemos tenido esas buenas sensaciones al visitar la plaza y sus contenidos. De acuerdo, los parasoles son puras planchas de titanio -muy hermosas, por cierto-, pero es indudable que se consiguen espacios óptimos (el Antiquarium, el mirador y pasarelas, la plaza mayor elevada), ámbitos de vida y experiencia donde no había nada; y eso, señores, se llama arquitectura.

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