Por montera

Mariló Montero

'Pobra' Mónica

SÓLO nosotros, usted y yo, sabemos que Mónica alimenta a sus hijos con comida que recoge de la basura. Se vio abocada a ello cuando hace dieciocho meses le dieron el alta por una neumonía que la obligó a dejar de limpiar las casas en las que trabajaba. Entonces nadie la volvió a contratar, puesto que debido a la crisis la gente prefiere limpiarse sus propias casas antes que gastar dinero. Con esos cuantos euros, Mónica conseguía sumar la cantidad suficiente para pagar el alquiler del piso, los estudios de sus hijos que ahora trabajan en una empresa química, la comida y sus ropas. Pero con los 300 euros de pensión ya no le llega ni para empezar el día.

Los padres desarrollan unas habilidades magistrales con las que inventan una vida irreal con tal de evitar que sus hijos sufran una humillación. Mónica se moriría de vergüenza si sus hijos, las novias de sus hijos, o los propios vecinos se enterasen de que dos noches a la semana abre con sigilo la puerta de casa y de puntillas baja las escaleras que le permiten escapar del bloque. Hasta que no está lo suficientemente lejos de su barrio no se relaja un poco. Para Mónica, la manera de hacer la compra ha cambiado del revés. Si antes la hacía de día, ahora la hace de noche. Si antes cruzaba la puerta hacia el interior del supermercado, ahora espera a que cierren las rejas de las puertas de atrás para abrir los contenedores donde han sacado los alimentos a punto de caducar. Si antes pagaba unas monedas a cambio, ahora el precio es el de su dignidad.

Mónica nos ha descubierto la mutación que sufre la ciudad -las ciudades de España- cuando se levanta la manta de la noche. Cientos de nuevos pobres, entre los que se encuentran separados, padres de familias que lo están pasando mal, extranjeros, inmigrantes, parados, salen de madrugada a hurtadillas de sus hogares para pillar algo de comer. En este nuevo mercado alimentario también se han creado clases que se distinguen por las calidades de los restos: desde la comida basura a la comida que han dejado en la basura. Muchos pobreros -sobre todo los de los supermercados- tienen el mimo de fregar los contenedores y separar los productos a punto de caducar para que el trance sea lo menos repugnante posible. Algunos empleados de restaurantes dejan junto a sus cubos con restos bolsas de bocadillos preparados que de madrugada desaparecen entre peleas en menos de diez minutos. Ésta es la zona donde predomina el perfil del nuevo pobre trajeado que no sabe cocinar; a la de los supermercados van las mujeres -aprendices de pobra- para coger detergentes, embutidos o latas a punto de caducar y en las zonas que se tiene menos cuidado y donde la basura es tal, acuden los mendigos inmunizados en cuerpo y espíritu por la vacuna de los años.

La pobreza de Mónica, nadie la conoce, ni siquiera quienes siguen chupándose los dedos con sus comidas de las sobras tan sabrosas.

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