por montera

Mariló Montero

Pobres coreanos

NO me gustaría vivir en un país en el que me mataran, me torturaran o me sometieran a cirugías sanguinarias por escribir esta columna. O en el que todo eso se lo hicieran a usted por admitir que me ha leído. Hablo de Corea del Norte, ese experimento geográfico que se urdió en el laboratorio de la Guerra Fría.

Porque Corea del Norte es, esta semana, un llanto. Si nos acercamos al mapa, escuchamos el lamento de millones de habitantes que gimen por su difunto dictador, Kim Jong-Il, un señor muy bajito que se alzó el flequillo para que el pelo no le impidiera ver una de las más grandes atrocidades de la civilización actual.

Le gustaba el espectáculo de 28 millones de norcoreanos muriéndose de hambre, programados desde la infancia para deshacerse de placer ante su efigie, obligados a verlo como el "amado líder".

Qué inhumano resultaría vivir en un lugar donde los párrafos anteriores supusieran mi encarcelación inmediata. La mía y la de mis allegados, familiares, amigos, gente sospechosa de tenerme cerca. Uno de cada tres niños desnutridos severamente. La miseria más absoluta se enseñorea de una población entera mientras, en las despensas de palacio, se pudren las langostas con las que el sátrapa acostumbraba a deleitarse con cubertería de plata.

Las informaciones oficiales del gobierno de Corea del Norte hablan de grandes manifestaciones de la naturaleza: lagos de hielo que se han quebrado, misteriosos destellos que flotan desde el amanecer al ocaso, truenos que se prolongan durante horas… La Tierra misma, aseguran, llora la muerte de Kim Jong-Il. Qué demostración, la del semidiós, al que el "semi" casi le sobra.

Enumeremos algunos de sus milagros. Seis campos de concentración. 200.000 prisioneros políticos. Cientos de ejecuciones sumarias todos los días. Palizas meticulosamente medidas para que el preso acabe expulsando los globos oculares de sus órbitas. Científicos que toman nota impasibles mientras familias enteras son gaseadas al otro lado del cristal. ¿Qué anotan? ¿Con qué pulso firme garabatean esas palabras? 400.000 personas muertas en las prisiones norcoreanas en los últimos 30 años.

Con este panorama, claro que me creo que a la muerte del dictador lloren todos los habitantes… y la Tierra, y el Universo entero. Pero de alegría.

Solo hay un temor que no se cierne sobre esta castigada población: el de empeorar. Están tan mal que nadie concibe una situación peor. Ojalá alguien propicie un cambio en Corea del Norte. Ojalá la muerte del dictador sea también la muerte de la dictadura. Le seré sincera: no albergo muchas esperanzas. Por lo más sagrado, pobres norcoreanos.

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