En tránsito

Eduardo Jordá

Política internacional

LA última vez que España tuvo algún protagonismo internacional fue en el Congreso de Viena, al que Fernando VII envió a un diplomático llamado don Pedro Gómez Labrador, marqués de Labrador, cuyo mayor mérito consistió en convencer a todo el mundo de que era analfabeto (el duque de Wellington lo definió como "el hombre más estúpido que he visto en mi vida"). Y desde entonces, la única presencia internacional española de cierto renombre fue la Conferencia de Algeciras, que se celebró en 1906 y en la que se creó el Protectorado Español en el norte de Marruecos. ¿Ha oído alguien hablar de la Conferencia de Algeciras? Por supuesto que no. Ni falta que nos hace.

Dejémonos de cuentos: a los políticos españoles les ha importado un pimiento la política internacional. Si exceptuamos a Javier Solana y a Felipe González, que han demostrado tener un buen criterio en las cuestiones europeas, las dos grandes aportaciones españolas a la política internacional son la foto de Aznar en las Azores y la Alianza de Civilizaciones de Zapatero. La primera fue idea de un millonario tejano que pasará a la historia como el peor presidente de los Estados Unidos. La otra era -y es, porque al parecer sigue en vigor- una idea de un ayatolá iraní que fue apoyada con entusiasmo por un presidente turco. Don Pedro Gómez Labrador, marqués de Labrador, habría apoyado con entusiasmo ambas iniciativas.

Nos guste o no, España ha vivido al margen de la política internacional. Pero hay que tener en cuenta la naturaleza de nuestro país. Si ya es difícil tener que llegar a acuerdos con los diecisiete estadistas que lo gobiernan en sus diversas porciones (también llamadas comunidades autónomas), comprendo que nuestros políticos sientan una pereza infinita ante las complejas tareas de la política internacional. Y eso explica que nuestra especialidad sigan siendo las guerras civiles (o mejor dicho, la Guerra Civil, que ha sido nuestra gran aportación a la historia de la humanidad) o, en todo caso, las campañas contra las tribus bereberes, como ocurrió durante la guerra de África. Y así hemos llegado al estado actual de nuestros debates parlamentarios, que siguen pareciéndose mucho a los enfrentamientos a tiros en los barrancos del Rif. Con espingardas y mosquetones, por supuesto.

Los últimos presupuestos del Estado han sido aprobados gracias a una enrevesada negociación con el PNV y el Bloque Nacionalista Galego, partidos que tienen un máximo de cinco diputados y que representan como mucho a un millón de votantes. Con una experiencia de este calibre, me pregunto cómo es posible que España no esté presente en la Cumbre económica de Washington. Lo que se está perdiendo el mundo, santo Dios.

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