LA reciente celebración de unas jornadas sobre ecofeminismo patrocinadas por la Junta de Andalucía y a las que acudieron cuatro consejeros de la misma ha reavivado el debate sobre la política autonómica, sus objetivos y prioridades. Hace tiempo que la Administración andaluza viene adoleciendo de dos males que crecen en paralelo. Por un lado, la tendencia a aumentar de tamaño y multiplicarse, con el consiguiente incremento del gasto público puramente administrativo, de funcionamiento de la maquinaria. Se crean organismos a voleo, con funciones duplicadas y extensión territorial sin límites, cada problema detectado requiere comisiones, observatorios, fundaciones cuya existencia acaba convirtiéndose en un fin en sí misma y no un instrumento al servicio de objetivos políticos claros. La bola de intereses y clientelas ha engordado tanto que cuando se intenta al fin reducir el coste de este organigrama inflado no hay firmeza suficiente y se articula una reforma timorata con la que no se reducen las abundantes plantillas de personal al servicio de la Administración ni se recorta el poder de los virreyes provinciales del partido gobernante, aparte de confundir a los funcionarios sobre el futuro de sus condiciones de trabajo y la potestad administrativa que les está encomendada. Otra patología política a la que no se pone freno es la ausencia en la política cotidiana de una escala de prioridades que garantice la dedicación de los abundantes medios materiales y humanos de los que se dispone a los objetivos fundamentales de la comunidad autónoma. Éstos no pueden ser otros que contribuir por todos los medios a aliviar la crisis económica y atacar sus raíces, cumplir las funciones estrictamente asignadas a la Junta por el Estatuto de autonomía y mejorar los servicios básicos que se prestan al ciudadano. Ningún recurso, ni económico ni personal, debe dedicarse, sobre todo en la actual coyuntura de carencias y estrecheces, a organizar encuentros, mesas redondas, jornadas y debates acerca de cuestiones que para nada influyen en la vida de los ciudadanos, responden a inquietudes ideológicas del pensamiento políticamente correcto, obedecen al esnobismo de la clase reinante o se apuntan a las modas del progresismo de salón. Es mucho el poder del Gobierno andaluz y son muy perentorias las necesidades de los andaluces como para distraerse en juegos florales alejados de la vida real.

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