DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Poquísimos lectores

ESTA columna batirá récord de mínimo de lectores. La mañana de Reyes no estamos para artículos, fuera de los de regalo que sus Majestades de Oriente hayan tenido a bien dejarnos. Pero no me quejaré. José Antonio Vallejo-Nájera prevenía contra las lamentaciones con una anécdota. Fue invitado a dar una conferencia a Buenos Aires. Tras el cansado viaje, en la inmensa sala de conferencias, sólo le esperaban los nerviosos organizadores y tres personas más. Presa de un ataque de indignación, clamó que así iba el país, que después de pagarle a él todos los gastos y muy generosamente, por cierto, nadie acudía a escucharlo. Aquello era un dispendio nacional, un derroche, una vergüenza. Uno de los asistentes levantó entonces tímidamente la mano y le rogó que entendiese que eran unas circunstancias muy especiales: Argentina acababa de invadir las Malvinas. La vergüenza (como un boomerang) recayó sobre Vallejo-Nájera, que se aprendió la lección.

Y la enseñó. Tras oír la anécdota, se te queda grabado a fuego que lo prudente es no afearle a nadie que no te lea. Puede que haya ocurrido un cataclismo personal o político o que esté leyendo a alguien más interesante, y te abochorne para siempre con toda la razón del mundo. Hoy la mayoría estará abriendo paquetes y celebrándolos con grandes aspavientos y montando los juguetes y los aparatos electrónicos y estrenando la ropa. Haciendo, en resumidas cuentas, lo que corresponde. A partir de mañana, nos pondremos manos a la obra de la actualidad, que este año promete, aunque ya veremos luego si cumple o terminamos como con el anterior, pidiendo la campana.

Escribir para pocos, mientras tanto, tiene su encanto. Puede uno bajar la voz y, si afina el oído, casi escucha la respiración de sus lectores. Kierkegaard cargaba contra los periódicos por su carácter de literatura de masas, esa contradicción. La literatura ha de dirigirse a la persona, no a todas, sino a cada una. Escribiendo en un periódico se puede intentar, claro que sí, pero hoy, que apenas me leen unos cuantos, parece más sencillo.

Y junto a la cantidad, tenemos la calidad, que también cuenta. Como escribo más despreocupado, tal vez use algún giro suelto que redunde en beneficio del texto. Por su parte, hoy los que, a pesar de los pesares o, mejor dicho, de los alegrones, me lean serán los letraheridos más fervientes y generosos. Y por último, está la calidad relativa. Quienes aterricen aquí después de haberse enfrentado con los galimatiáticos manuales de instrucciones, nada más que por el contraste, pensarán que mi prosa es la octava maravilla. ¡Oh, gracias, qué regalo de Reyes!

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