Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Postureo

TODAVÍA no utilizo esa palabra con la naturalidad y credibilidad con que lo hacen mis alumnos (perdón, Junta de Andalucía, sé que ese término, "alumnos", es machista y guillotinable desde la semana pasada). Pero prometo enmendarme y utilizarla con regularidad en cuanto sea capaz de pronunciarla con cierta oportunidad e intención: postureo; qué gran neologismo, de fonética sugerente, apuesto por su supervivencia. La ortodoxia vigente -los leídos y escribidores más sabihondos e inflexibles- propondrá alternativas consolidadas que sirvan para aludir a lo mismo que postureo y su correlativo verbo, posturear: aparentar, fingir que se es algo de forma gratuita e indolora. Posturear mejora y da cariz de falsedad a presumir; por ejemplo y mayormente en las redes sociales, alardear de estar comprometidísimo con algo que en el fondo te importa, a la hora de dormir, una higa bien gorda: los toros bravos, los perros maltratados, los propios parias de la tierra en su duro éxodo o su eterna miseria (condéneme por mezclar bichos y desgraciados humanos: quizá su condena sea posturera; en caso contrario, disculpe la crudeza).

El postureo ha invadido la política española de forma preocupante: no es lo mismo vacilar en una feria expeliendo tics del señor de tronío que no eres, o de señora sandunguera a la par que exquisita, que llevarse las semanas sin tener bemoles de ponerse de acuerdo y pactar para gobernar (que es por lo que se los vota y retribuye, a los diputados). Y hacerlo cabildeando en falsete, de cara a las cámaras, vengan ruedas de prensa, vengan frases ocurrentes, vengan palabras de gil ("transversalidad" es mi término posturero político preferido). Esos planos secuencia de Sánchez e Iglesias, que avanzan hacia las cámaras y los plumillas destacados para recoger la enésima chorrada inútil de los postureros líderes "de progreso"; ellos, como ajenos al tumulto, con gestos faciales y corporales que diríase que son dos filósofos entre otros de La escuela de Atenas de Rafael. El propio Rivera, quizá ya abducido por la onda expansiva del postureo, que enfila a gran velocidad el sofá donde se encuentra con los propios Sánchez o Iglesias, con quienes intercambiará estampitas programáticas de pega. Sabiendo de sobra que es "un pá ná (otra neologismo de calle, que no acabó de cuajar, aunque uno haya decidido seguir utilizándolo... ¿postureo lingüístico, éste? Pues va a ser que sí. Todos tenemos nuestra ventanita posturera por la que nos asomamos. Pero no tenemos que formar gobierno).

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