La ciudad y los días

Carlos Colón

Precio de sangre

PRIMERO la violaron, después le golpearon el rostro hasta desfigurarla, la degollaron, le cortaron cinco dedos para dificultar su identificación y quemaron el cadáver. Sucedió en Cartagena, entre el viernes y el sábado pasados. Ese mismo día la Policía detenía en Zaragoza a un hombre que había dado una paliza a su mujer y quemado con un cigarrillo a su hijo de 17 meses, mientras una mujer era asesinada en Jijona. Ayer se encontró el cadáver de una mujer con signos de violencia en el parque de Pradolongo, en Madrid. Cerramos con estas terribles noticias el mes negro que se inició el pasado 27 de febrero con el asesinato de cuatro mujeres en ese mismo y trágico día. Negro mes de un año negro que camina al ritmo de siete asesinatos de mujeres por mes.

Se suele decir que ahora se habla más del mal trato, no porque haya más casos, sino porque está tipificado como delito y se denuncia, mientras que antes ni se consideraba delito y, por lo tanto, no se denunciaba, ni en muchos casos estaba mal visto. Hasta una mística del mal trato como muestra extrema de amor pasional impregnó la cultura popular desde los bailes apaches hasta las coplas o el famosísimo Mon homme que popularizaron Mistinguette o Edith Piaf en Francia, Fanny Brice o Billie Holiday en Estados Unidos y Libertad Lamarque o Sara Montiel en español. Esto es cierto en lo que al maltrato se refiere, pero no en lo que concierne a los asesinatos. Los crímenes antes llamados pasionales no podían silenciarse, como sucedía con los golpes, palizas y humillaciones que sufrían las mujeres.

Tal vez, pienso a veces, estas trágicas muertes que exigirían, no más leyes, sino más medios policiales y sociales para su prevención inmediata y más educación en valores para su prevención a medio y largo plazo, sean el altísimo precio que estén pagando las mujeres en la lucha aún no concluida por su igualdad en derechos y por su libertad. Casi todos los casos de asesinato tienen que ver con separaciones que el hombre no acepta. Antes, cuando la dependencia económica hacía prácticamente imposible la separación y la presión social la coartaba, el maltratador podía ensañarse de por vida con su víctima. Ahora ésta ha conquistado las libertades de separarse sin sufrir socialmente y de vivir por sus propios medios. La respuesta del macho primario es asesinarla y, no pocas veces, suicidarse después. Mía o de nadie, ya se sabe.

Desgraciadamente puede que se esté repitiendo en esto algo que la historia enseña: ninguna libertad se ha conseguido sin que quienes detentan el poder derramen la sangre de quienes quieren ser libres.

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