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Ignacio F. / Garmendia

Prédicas venenosas

CONCEDIENDO que tienen el mismo derecho que cualquier ciudadano a juzgar sobre los asuntos del mundo, parece claro que los guías espirituales deberían tener especial cuidado a la hora de abordar cuestiones sensibles, no tanto por que puedan dividir a la parroquia -lo que resulta inevitable, pues los creyentes, gracias a Dios, no conforman una masa homogénea- como por evitar las ofensas gratuitas. Así lo aconsejan el sentido común y sus propios intereses, pero a la vista está que no todos o no siempre se muestran suficientemente respetuosos. Las religiones monoteístas arrastran una tradición misógina que, explicable por razones históricas, no afecta a lo fundamental de sus credos respectivos. No se entiende por ello el empeño de algunos de sus ministros en defender modelos caducos que ya no suscriben ni sus fieles, la mitad de los cuales son mujeres a las que no les gusta que los varones, consagrados o no, decidan por ellas.

Como saben los musulmanes inquietos por el auge del yihadismo, los clérigos fanatizados son el peor enemigo de la fe, pero los disparates amparados por la autoridad religiosa no se oyen sólo en ciertas mezquitas. A propósito de la llamada violencia de género, aún se recuerda al párroco que se lamentaba de cómo hemos abandonado la paliza llevadera, quién sabe si en el fondo merecida o hasta saludable, por el asesinato sin ton ni son. O aquel libro, salido de las prensas de un arzobispado, que predicaba la "obediencia leal" de las esposas como la mejor vía para el éxito del matrimonio. Nos quejamos mucho -con razón- de los corsés impuestos por el lenguaje estereotipado de la corrección política, pero una cosa es seguirles el juego a los nuevos inquisidores y otra permitir que desde los lugares de culto se difundan ideas tóxicas.

Quienes gusten de las mujeres sumisas, tienen a su disposición todo un surtido de muñecas hinchables -incluidas esas exitosas vaginas artificiales de fabricación andaluza- que según dicen han mejorado sus prestaciones espectacularmente. Quienes aconsejan a las feligresas resignación o paciencia, en definitiva sometimiento, deben saber que esas virtudes ambiguas favorecen, en los casos extremos, la comisión de delitos abominables. No se trata de criminalizar a los religiosos, como hacen por sistema algunos descerebrados, sino de arrinconar las prédicas venenosas -no justificadas por el ejercicio de la libertad de conciencia- que ni tienen que ver con el dogma ni logran otro efecto que desacreditarlo.

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