El aldabón

Enriqueta / Vila

El Pregón

CUANDO a una persona como yo, que se ha llevado treinta años metida en archivos y bibliotecas, escribiendo libros a los que hay que dedicar años y los que luego poca gente lee, se le invita a escribir en un Diario una columna semanal sobre la Semana Santa, nuestra fiesta por antonomasia, que recibe una atención que está llegando a ser casi desmedida, lo primero que siente es perplejidad: ¿Qué hace una señora -ya no puedo decir una chica- como yo en un lugar como este? Confieso que la oferta me tentó y me atemorizó a la vez. Pero como ya he llegado a una época que me dejo llevar más por lo primero que por lo segundo, acepté encantada. Se me brindaba nada menos que la oportunidad de reflexionar durante un tiempo sobre algo que constituye uno de los acontecimientos más espectaculares e intelectualmente completos -interpretando estas dos palabras en su sentido más amplio, en el que cobra un protagonismo indudable el religioso- que se dan en el mundo: nuestra semana Mayor, en la que todos los sevillanos, creo que sin excepción, han participado, participan y participarán de una forma o de otra.

Inmediatamente me puse a pensar de qué temas escribiría y como lo que más relación puede tener con lo que yo había hecho hasta ahora es el Pregón, decidí comenzar con él, lo cual es también muy propio de mi oficio: seguir una cronología.

El pregonero, llamado a realizar un discurso elogioso y proclamar una festividad para que todos participen en ella y que por el carácter de nuestra Semana Santa debe ser bello y poético, no requiere necesariamente ser un literato, pero sí, desde luego, necesita dedicarle estudio, concentración, tiempo, capacidad de estructurar el texto y de redactarlo de forma que llegue a todos. Es decir, un trabajo duro en todos los sentidos. Por eso he admirado siempre a todos los pregoneros. Porque se enfrentan a un género que requiere técnica y conocimientos profundos de la Semana Santa; pero si además de todo esto, escriben bien, es decir, "tienen una buena pluma", entonces se produce lo que para mí es una obra maestra.

Sé y comprendo que cada sevillano tiene su propia opinión sobre lo que debe ser un pregón, incluso se dice que muchos lo tienen ya escrito y guardado en un cajón esperando su turno, pero si contemplamos esa inmensa variedad resulta de la percepción que cada uno tiene, creo que pueden quedar reducida a dos modalidades: los personales y/o intimistas y los tradicionales.

Y ya en esas dos pongan ustedes las formas literarias que les parezca y la manera de presentar la fiesta que cada uno tenga en mente. No he sido mucho de asistir a pregones y no estuve en el de Rodríguez Buzón, que marcó un antes y un después en el género.

Creo que fui por primera vez al del profesor Morales Padrón, cuando todavía se celebraban en el Álvarez Quintero. Aunque tuvo que sufrir el duro "silencio" del sevillano por no ceñirse a las "normas", creo que fue un canto a la Sevilla que él tanto ama y una proclamación de fe. Más tarde, restaurado el Lope de Vega, el lugar ideal para una acto como ese, como concejal, asistí a casi todos, y ya como delegada de Cultura, tuve que ver con dolor el cambio al Maestranza que a mí me pareció inapropiado. En unos años estuve en todos los que allí se celebraron y debo decir que recuerdo con cariño y admiración muchos de ellos, pero quiero confesar que para mí fueron un especial deleite los de José María Javierre, Carlos Colón y Antonio Burgos. Parece que queda claro por cuál de las dos modalidades antes referidas me inclino.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios