La ciudad y los días

carlos / colón

Prestigio merecido

CUANDO allá por 1998 me invitaron a participar en la aventura de este periódico lo consulté con mi padre. Periodista desde 1946 en el España de Tánger y desde 1963 hasta su jubilación en el Abc de Sevilla, conocía sobradamente la profesión. La decisión era difícil. Escribía desde hacía una década en las páginas de Andalucía de El País, el parto de un periódico siempre es difícil y su supervivencia, azarosa en una ciudad como esta. ¿Quién está en el proyecto?, me preguntó. Le di tres nombres: el del editor, José Joly; el del director, Manuel Jesús Florencio; y el del presidente del Consejo Editorial, Manuel Clavero Arévalo. Ese proyecto saldrá adelante, me dijo; los Joly son editores serios que representan el mejor liberalismo gaditano, Manuel Jesús Florencio es un gran periodista y un trabajador incansable, y Clavero Arévalo, además de otros méritos, es un demócrata liberal. Seguí su consejo. Y 18 años después no me arrepiento.

Clavero Arévalo avaló ante Sevilla aquel periódico naciente con su prestigio profesional como abogado y catedrático de Derecho Administrativo, con su prestigio político como uno de los arquitectos de la Transición y con su independencia demostrada haciendo eso que tanto trabajo les cuesta hacer a los políticos: dimitir por su desacuerdo sobre la autonomía andaluza. Quien le reprocha el "café para todos" olvida que el ordenamiento autonómico es una de las claves del más largo período de democracia, paz y prosperidad que nuestro país ha conocido en toda su historia. Que se gestione mal e insolidariamente es otra cuestión. Cuando ayer el compañero Francisco Correal le preguntaba si las autonomías son las malas de la película, le contestó: "No. Lo que tienen que hacer es contener el gasto". Muy cierto.

Sevillano serio, de esa estirpe fina y fría de la que escribió Manuel Machado (no Unamuno, a quien se atribuye la frase), Clavero es un orteguiano -a sus 90 años que cumple hoy está releyendo a Ortega- que nunca participó en ese ballet llamado Sevilla en el que los sevillanos hacen de figurantes. Es difícil dar con un sevillano que, siendo abogado de prestigio nacional, catedrático, rector y ministro, sea tan discreto y poco dado al figuroneo. Habría que remontarse a don Manuel Giménez Fernández, que como él fue catedrático, diputado y ministro (con dimisión incluida), para encontrar alguien que, habiendo sido tanto, sea tan seria y discretamente sevillano.

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