La ciudad y los días

Carlos Colón

Primera misa en San Juan de la Palma

CUANDO el padre Alfredo Morilla diga esta tarde "tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros" en su primera misa tras su ordenación el pasado domingo, tengo para mí que sabrá de la entrega del Señor más que otros seminaristas. Porque no lo habrá aprendido estudiando teología, que da el saber de la razón, sino por su largo e íntimo trato con el Señor del Silencio en el desprecio de Herodes, que da el saber del corazón.

Cuando tome en sus manos el cáliz no le será extraño el tacto del oro o de la plata destinados al culto a quien se ha familiarizado con ellos limpiándolos mientras las tardes de Cuaresma se iban alargando sobre los tejados de San Juan de la Palma y los primeros vencejos rondaban su espadaña. Porque este cura ha limpiado, desde que era un chaval que llegó del Cerro a la calle Feria, mucha plata de la Amargura. Y esto es decir mucho: añadir más luz a la luz del Domingo de Ramos; hacer que los ángeles arrodillados, los candelabros de cola y los respiraderos brillen con más pura belleza -pulchra ut luna está bordado en su palio- que la luna llena de Semana Santa; multiplicar el brillo del sol que corona a la Amargura; lograr que reluzca la soberbia del poder de Roma -cascos, espadas y corazas- y la arrogante vanidad del Tetrarca -corona y abalorios- sólo para que la callada mansedumbre del Despreciado las humille.

Cuando inicie su misión sacerdotal estará preparado para asumir la amorosa defensa de los humillados y ofendidos. Porque habrá aprendido en la cátedra de San Juan de Palma, en el recogimiento de su Sagrario ante el Señor Despreciado y en la sevillana nave de cales y azulejos que preside la Amargura, todo lo que se puede saber sobre el Dios de las bienaventuranzas que dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

El Seminario le ha enseñado Teología, Psicología, Teodicea, Cristología, Liturgia y todos los saberes que un sacerdote precisa para su ministerio. Y San Juan de la Palma le ha enseñado la teología sensible esculpida en las sagradas imágenes; la trágica teodicea -¿por qué Dios permite el mal?- de los ojos de la Amargura; la conmovedora cristología del gesto huidizo y la espalda curvada del Despreciado; la psicología que sólo puede enseñar el trato próximo con los hermanos; y esa liturgia popular de nuestras hermandades que en San Juan de Palma halla el equilibrio perfecto que convierte la forma en significado. No tuvo mala escuela este cura, que hoy agradece a su hermandad lo mucho que le dio diciendo allí su primera misa.

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