La tribuna económica

Rogelio / Velasco

Proteccionismo en una economía global

ESTA semana, el grupo público francés de energía nuclear Areva ha vendido su división de transmisión y distribución de energía a las empresas, también francesas, Alstom y Schneider, por más de 4.000 millones de euros. La noticia no tendría mayor interés si no fuera porque hasta el pasado lunes, las ofertas de la norteamericana General Electric y la japonesa Toshiba por las mencionadas divisiones, eran las más elevadas. Un ejecutivo de esas compañías comentaba que habían satisfecho las cuatro condiciones impuestas para ganar el concurso, pero que había una quinta condición escondida: ser francés.

En este caso, además, es la segunda vez que Alstom se ve envuelta en operaciones de este tipo. En 2004, orquestado el movimiento por Sarkozy, entonces ministro de Finanzas, Areva fue obligada a comprar la misma división para salvar a Alstom de una quiebra segura. Hoy, se le da la vuelta a la operación.

No ha habido en la historia ningún país que se haya desarrollado industrialmente sin contar con el apoyo de políticas proteccionistas de sus respectivos gobiernos. El argumento de la industria naciente, hartamente debatido en la historia del pensamiento económico, se ha practicado a lo largo y ancho del planeta para permitir el nacimiento de empresas que no podían competir con otras extranjeras del mismo sector por haberse desarrollado tardíamente.

Pero transcurrido el tiempo e insertado en el mundo desarrollado y en una unión económica como la UE, ¿cómo proteger a las empresas nacionales de operaciones de adquisición provenientes del extranjero? En teoría, excepto en sectores ligados a la seguridad y a la defensa, esas protecciones están prohibidas; en la práctica, siguen sucediendo. Los métodos pueden variar desde la simple amenaza pública, como en la frustrada compra de Danone por parte de Pepsi-Cola, o recurriendo a operaciones de ingeniería financiera implicando a empresas públicas, como la comentada anteriormente.

El Gobierno francés se siente con el derecho a que sus empresas salgan de compras por el mundo, pero no admite operaciones de signo contrario. Igual sucede con Italia. El único país de Europa que parece más abierto es el Reino Unido, pero está empezando a revisar esa política.

En España, creemos que el Ejecutivo no ha actuado adecuadamente en las operaciones en las que había intereses estratégicos. En la operación de Endesa, cabreamos a los alemanes (y a los catalanes), para caer finalmente en manos italianas. Pero fue este mismo Gobierno el que bloqueó la compra de autopistas italianas por Abertis. Tampoco parece muy dispuesto a que Telefónica adquiera completamente a Telecom Italia, a tenor de las declaraciones de Berslusconi.

Entonces, ¿qué hacer? La UE debería intervenir con seriedad para atajar este tipo de políticas. Y mientras tanto, mientras parezca que no todos somos iguales, abandonar posiciones ingenuas e imponer, cuando se presente la ocasión, las mismas políticas que nuestros amigos de la UE.

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