La ciudad y los días

Carlos Colón

Pura y limpia

ESTA Virgen chiquita es una de las imágenes más ciertas de la sencillez, fidelidad y hondura de la devoción sevillana. Y del genio de la ciudad para representar los más abstractos misterios del cristianismo de tal forma que, sin perder su complejidad, todos puedan entenderlos sintiéndolos. En vez de iglesia tiene capilla a pie de calle o garita de guardesa de puerta antigua de la ciudad; en vez de reclinatorios, la reja en la que tantas manos se han apoyado para decir una breve y sentida oración; en vez de alta torre o arrogante campanario, minúscula espadaña como de arquitectura de Nacimiento. En vez de altares barrocos y mármoles tuvo frente a ella, durante muchos años, una carnicería; en vez de incienso, humo de calentitos del puesto de Juana; en vez de gorigori de sochantres o canto de las horas, los pregones de los ciegos y los vendedores ambulantes que pululaban en torno a la antigua plaza de abastos de la calle Arfe; en vez de las cuotas de esos muchos hermanos que hacen grandes a las hermandades, las limosnas que se echan -como desde siempre vi hacer a mi padre- a través de la ranura del cristal.

En este modesto Nazaret sevillano situado en la frontera que separa las frías tierras catedralicias, en las que languidece sin oraciones la espléndida Cieguecita, del cariñoso Arenal carretero y baratillero se repitió algo que recuerda lo que sucedió en el Nazaret de Galilea: la Iglesia puso sus ojos en la humildad de la Pura y Limpia y, no sólo Sevilla, sino el mundo entero vio cómo un Papa se arrodillaba ante esta pequeña imagen que ni tan siquiera tiene templo.

Volvió del altar del campo de la Feria, en el que presidió la Statio Orbi del Congreso Eucarístico Internacional, a su garita del Postigo feliz de reencontrarse con las soledades de las noches de invierno, las oraciones de las gentes del barrio, el piar de los vencejos en las mañanas de verano, las limosnas de los transeúntes, el incienso de la calentería, las conversaciones de capilla a retablo con la Piedad de Baratillo y las que de Madre a Hijo mantiene con el Señor de las Penas, el Cautivo que se esculpió a su vera, Buena Muerte, el Señor del Descendimiento, el Gran Poder o el Cachorro, cuando recibe sus cofradías presidiendo la representación desde su pequeño altar como si fuera la Hermana Mayor de su propia Hermandad.

Sevilla, que definió ese prodigio de sutileza teológica que es la iconografía de la Inmaculada, supo hacer en el Postigo terrena la abstracción, entrañable la alegoría y cariñosamente cercano el misterio de esta Mujer cuyos ropajes son agitados por el aliento de Dios.

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