La tribuna

antonio Porras Nadales

'Puzzling'

VIENE a ser como encajar las piezas de un rompecabezas: o sea, ajustar elementos diversos y heterogéneos para que compongan un conjunto final armonizado. Nuestra dinámica social y política contemporánea parece adecuarse a esta elemental categoría: esferas socioinstitucionales múltiples y relativamente autónomas, enfrentadas, como piezas móviles, a la necesidad de incorporarse a un conjunto más amplio que, en principio, no está claramente predefinido.

El cambio de perspectiva histórica se percibe mejor si se enfrenta a los paradigmas del pasado: o sea, al viejo ideal de unos estados unitarios y compactos dirigidos por unos gobiernos omnipotentes, que asumen la tarea de crear desde arriba por vía jerárquica una realidad social homogénea y de defenderla con uñas y dientes frente al exterior. Eran como imaginarios de la modernidad, reflejos de un pasado que al final se nos aparece como algo elemental e imperfecto, y que tratamos de mejorar desde el contexto presente.

Esta sería la representación más adecuada para intentar abordar la complejidad de una realidad europea a la que debemos hacer frente desde las urnas sin saber exactamente de qué se trata: fragmentos de identidades, lenguas, culturas, instituciones, proyectos, políticas, creencias e ideologías que se diluyen en un todo diverso y multiforme, sin tener una clara partitura que nos guíe o que nos sirva de pauta. Porque además, no se trata solamente de encontrar claves de afirmación en positivo, sino también de expresar ante las urnas actitudes de negación y de crítica, o sea, de legítima protesta ante una realidad que en estos momentos no nos resulta satisfactoria. Aunque no sepamos muy bien de qué protestar ni ante quién.

En su expresión más positiva, a esta confusa noción algunos le llamamos gobernanza: un modo de entender la acción pública democrática lejos de las concepciones jerárquicas y simplificadas propias de la modernidad. Un sistema de ajustes mutuos desde la cooperación y la diversidad que, sin embargo, debe respetar la existencia de ciertos derechos y valores (hijos al fin de la modernidad) que se nos representan dotados de una pretensión de universalidad. Si todo esto lo analizamos desde la tradicional perspectiva de los gobiernos, se trata sin duda de un sistema débil y algo torpe; que carece, por ejemplo, de la osadía de la Rusia de Putin o de la temeridad suicida de la Siria de Al Assad.

Sin embargo, todos intuimos que detrás de esa incertidumbre subyace el ideal indefinido de un sistema mejor, de un modelo de democracia más avanzado; por más que la diversidad de las piezas de esta compleja realidad no acaben de encajarse con facilidad. Y por más que el desencadenamiento de una tensión norte-sur nos haya golpeado dramáticamente como consecuencia de la crisis. Pero también sabemos que debemos aprender de nuestros errores y tratar de tener una visión colectiva de las cosas que vaya más allá de nuestro respectivo corralito. Aunque puede que tantas cosas al mismo tiempo sean, al final, demasiadas exigencias para tratar de resolver a través de la simple opción de una papeleta, de un voto.

Acaso por eso la gobernanza europea resulta siempre algo insuficiente: porque nuestro voto en las elecciones europeas debe sumarse al de las elecciones nacionales, o autonómicas o locales; así como a nuestra presencia directa como ciudadanos o como colectivos organizados. Es el conjunto de todos esos elementos el que compone al final el puzzling de la realidad presente. No estamos decidiendo sólo entre proyectos políticos más o menos homogéneos y dispuestos a aplicarse en su generalidad, sino apostando por la emergencia de un nuevo sistema de ajustes de carácter complejo y apenas entrevisto, que puede lógicamente suscitar la desconfianza del miedo al vacío o la incertidumbre frente a lo desconocido.

En realidad, es como si estuviéramos eligiendo a quienes, al mismo tiempo que van a tener que llevar una batuta como directores de orquesta, serán también los responsables de improvisar simultáneamente la partitura: demasiadas responsabilidades para nuestros representantes y demasiada responsabilidad sobre nuestras espaldas de simples electores. Pretender que se trate de un ejercicio que se puede responder con una plenitud de visión y de conciencia, donde vamos a ser capaces de manejar los argumentos adecuados para una auténtica elección racional, resulta una auténtica ilusión. Sólo nos queda confiar en nuestra capacidad de intuición colectiva para descubrir por donde soplan los vientos de la historia y esperar a que, al final, el puzle se vaya componiendo adecuadamente.

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