HACE poco escribía en estas páginas el profesor Rafael Padilla sobre la inmadurez de nuestra sociedad, que sestea cómodamente bajo el síndrome de Peter Pan mientras exige que el Estado le resuelva cualquier problema o inconveniente, aunque se lo hayan creado los propios individuos reclamantes, por decisiones erróneas, imprevisión, negligencia o simple mala suerte.

Realmente somos unos quejicas. No ya únicamente como resultado de vivir en un país que sigue siendo desarrollado a pesar de la crisis, sino, sobre todo, por haber construido un Estado sobreprotector que nos ha habituado a no asumir responsabilidades y encontrar culpables externos a todo lo desagradable que nos ocurra, culpables a los que se conmina con malos modos a resarcirnos. Nos conducimos como auténticos niños chicos, malcriados y exigentes, ajenos al razonamiento y la paciencia.

Sólo en las últimas semanas ha habido un amplio muestrario de estas actitudes. Las televisiones sacan frecuentes imágenes de pasajeros de avión encolerizados porque su vuelo ha tenido que ser aplazado a causa de la niebla. Si está nevando o cayendo chuzos de punta en medio país y los partes meteorológicos lo han avisado machaconamente y las autoridades han decretado las alertas correspondientes, no importa: allá que vamos todos con nuestros coches hasta que nos quedamos atascados en los lugares donde nos advirtieron que habría un atasco y entonces exigimos que los gobernantes nos saquen del apuro, pero ya mismo. El sistema sanitario planifica una remodelación de ambulatorios para reducir costes y al día siguiente ya están médicos, enfermeros y administrativos rechazando el cambio y amenazando con movilizaciones porque a algunos les obligarán a moverse de su sitio. Si el sector del taxi entiende que ha bajado la recaudación porque hay mucha crisis y demasiados taxis, los taxistas exigen que se reduzca el número de licencias, pero no comprándolas ellos mismos, sino el Ayuntamiento correspondiente (o sea, todos los ciudadanos), que es como si el municipio tuviera que pagar a algunos comerciantes para que cierren sus tiendas a fin de que las que queden abiertas hagan más negocio. Los controladores aéreos no ven anormal ganar tres veces más que sus colegas europeos, sino que si AENA tiene tantas pérdidas es porque no sabe organizarles el trabajo. Si uno, en su afán de rentabilizar sus ahorros, los mete con imprudencia en un fondo especulativo de esos que prometen más dividendos que nadie en unos meses y va el fondo y se derrumba y sus gestores huyen, le falta tiempo para montar una plataforma de afectados y demandar que el Estado cubra las consecuencias de su codicia. Así de quejicosos estamos.

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