Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Quemapinos

EN la localidad barcelonesa de Figaró-Montmany los varones del pueblo se echan al monte bien temprano para localizar un pino majestuoso en su deforestado término municipal. Cuando encuentran el árbol, cuanto más grande, mejón, lo talan y se lo llevan a la plaza para quemarlo a medianoche, entre borracheras, canturreos y comilonas. No sé si habrá nacionalistas catalanes interesados en erradicar esta celebración contra los indefensos pinos, pero habría que plantearlo. Y me gustaría bromear algo más con este antiecologista jolgorio de Figaró-Montmany, pero acabo de ver el martirio hacia una pobre vaquilla en las fiestas de Alhaurín el Grande y son de esos momentos en los que me avergüenzo de ser andaluz y compartir patria con algunos tipos.

En el carrusel festero que se estrenó el domingo en Cuatro, Fiesta, fiesta, también aparecía el toro de cuerda de Gaucín, otro de esos ejemplos, da igual si es vaquilla, árbol, cabra o tonto del pueblo, en el que la masa come, bebe, ríe y se desahoga contra el débil. Forma parte de lo más profundo de nuestros encéfalos ibéricos, que es lo que recoge esta nueva bandeja de tapas antropológicas televisivas. No hay sitio en esta España de las diferencias en que nos igualemos más que con nuestras distintas fiestas. En todas ellas se unen el alcohol (en bota, en botella, en botellón), el exceso proteínico, el animal y la música, con gente disfrazada de campesinos, con prendas de más o menos lujo. En el centro o en el quinto pino peregrino, la fiesta es el territorio del encuentro, de la convivencia y también de los vándalos. El programa de Cuatro, con su banda sonora de The Pogues, nos raspa con la uña de su reporterismo callejero. Fiesta, fiesta es un puzzle anfetamínico tras el que, con la debida reflexión, encontramos nuestra tombolera esencia de tragaldabas, arrojacabras y quemapinos.

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