Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Quite

ME ha gustado mucho el quite de Alfonso Guerra a propósito de la deriva que ha tomado la complaciente (y excesiva) pedagogía feminista del Gobierno. Más por el sentido crítico de la interpelación, del que tan ayuno está su partido, que por el contenido mismo de las declaraciones. El ex vicepresidente atribuyó a la candidez de la sociedad frente al maltrato (que se resume así: la mujer siempre y bajo todas las circunstancias es víctima; y el hombre culpable) la desafortunada intervención de la presidenta del Tribunal Constitucional. Tengo mis duda de que el papelón de María Emilia Casas, cuando se prestó aconsejar a una mujer sospechosa de asesinar al marido, se pueda explicar, como hizo Guerra, con una simple apelación al "buenismo". Quizá la conducta de Casas fue también una cuestión de caridad o incluso de misericordia constitucional (enseñar al que no sabe, dar consejo a quien lo necesita, consolar al afligido). ¡Uf!

Pero de lo que no hay duda es de que ha producido un proceso de banalización que está transformando ciertos principios fundamentales (la condena del maltrato, la igualdad de la mujer, etcétera) en propuestas peregrinas sobre la vida sexual de las palabras. Eso sí, disparatadas pero divertidas. La celebrada acuñación del femenino de miembro ha sido una de las escasas oportunidades que hemos tenido los comentaristas y, por extensión, el pueblo llano, de hacer chistes a lo largo de una semana verdaderamente aciaga. El problema es que cuando todo el mundo se pone a reír y a celebrar las estupideces de un ministro, en el festín de las carcajadas todo se trivializa: el miembro, la miembra y la violencia de género. Y hasta el concepto de igualdad, que queda reducido a una cuchufleta lingüística de parvulario.

El PSOE, ensimismado en el quehacer de Zapatero, ha perdido el sentido de la medida y posiblemente del ridículo. Da la impresión que no hay nadie entre la numerosa militancia y simpatizantes (menos Solbes, para los asuntos económicos) con el sentido crítico y las autoridad suficientes para avisar cuando se traspasa la frágil línea que separa la razón del despropósito o para de pinchar la burbuja cuando el sueño es demasiado elevado. Esa falta de sentido de la realidad ha transformado las declaraciones de Alfonso Guerra (elementales en su fondo y forma) en un estruendo.

Bibiana Aído ha perdido un cuarto de su autoridad con la chocarrería del miembro. Y otro cuarto con la ingenuidad del tan comentado teléfono del desahogo. De modo que, a unos meses de las elecciones, ella y su ministerio se han quedado sin la mitad del crédito. Ahora ha empezado a estudiar el sexo de fistro y los genitales de guay.

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