La ciudad y los días

Carlos Colón

Razones para felicitarse

NADIE está solo hoy, aunque no tenga compañía. Nadie carece hoy de quien le quiera, aunque todos sus amores estén enterrados. Nadie está hoy del todo extraviado en un presente que no siente como suyo, aunque toda su felicidad sean recuerdos que hieren en vez de dar consuelo. Nadie está condenado hoy a sufrir sin esperanza, aunque parezca que ya sólo le aguarden amarguras. Porque esa razón por la que estos días nos felicitamos hace imposible la soledad total, el desamor completo, el extravío en el dolor o el sufrimiento sin esperanza.

Esta razón no es abstracta, sino concreta; no es fruto del ingenio, sino de un vientre de mujer; no es un razonamiento, sino un ser. Nació en Belén hace veinte siglos y murió en Jerusalén a la edad de 33 años. Sabemos los nombres de sus abuelos y de sus padres, de los emperadores bajo los que nació y murió, del tetrarca que gobernaba la tierra en la que vivió y de los amigos que transmitieron sus palabras tras ser testigos de su resurrección.

Ser judío debe ser más difícil que ser cristiano, porque requiere una fe más probada por la persecución y más pura en su abstracción. Para ser cristiano basta confiar en la concreta palabra de una concreta persona: el galileo cuyo nacimiento hoy celebramos. Después vendrá la fe, si se tiene la suerte de recibirla y la fuerza para conservarla; y vendrá la teología que intenta decir con palabras razonadas los misterios sagrados. Pero antes está esa confianza que en los Evangelios es representada por el centurión cuyas palabras se siguen repitiendo en cada misa, por el magistrado que lloraba a su hija, por la mujer de las hemorragias que se decía "si toco su manto quedaré curada", por el leproso que confió en él sólo al verlo, por la cananea pagana que sin conocerle le gritó "¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!", por el ladrón que murió junto a él o por el centurión que le vio morir.

Hoy y mañana los cristianos celebramos el viaje desde la eternidad al tiempo, desde la inmaterialidad a la carne, desde la omnipotencia a la dependencia, que hizo Dios al encarnarse en María y nacer en Belén. Hay razones para felicitarse: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se hizo hombre en Jesús Nazareno. No hay soledad que él no acompañe, desamor que no remedie, extrañamiento que no guíe ni desesperanza que no abra a un horizonte de sentido. Por el poder de quien hoy nos amanece, revestido de la majestad mudéjar de la túnica que proclama Rey de Reyes al entregado Señor de Sevilla, les deseo a todos -y muy especialmente a ese amigo macareno machadianamente digno y bueno- una feliz Natividad.

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