Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Reaparición de la nostalgia

DESDE que el uso de la razón se hizo hábito y habitó entre nosotros se viene oyendo que los toros no tienen futuro, que toros los de antes y que con Belmonte se acabaron los toreros. Siempre fue así, Manolete era un truquista, Ordóñez se iba al rincón para una estocada efectiva, Camino abusaba del pico, Luis Miguel era un ventajista, Bienvenida no se lo pasaba por la barriga ni una vez, El Cordobés no sabía torear, Romero debería contratar a un guía que le indicase por dónde se daba la vuelta al ruedo y así, en este plan, todo era malo en el toreo. Los aficionados despotricaban y enarbolaban un sentimiento de nostalgia por lo que fue y ya no era. Así una generación de toreros y luego llegaba otra y otra, para que cada una fuese peor que la anterior según opinaban esos viejos aficionados que no se daban cuenta que lo bueno de su juventud no eran los toreros, sino ellos mismos.

Y en esta época ha tenido que surgir la feria de este año para que reaparezcan los sentimientos nostálgicos. Unas nostalgias que parecían enterradas a causa de la gran baraja de toreros que ha dado este tiempo. Una baraja de ocho o diez toreros de primerísima fila y que, con perdón de Gallito y de Belmonte, bien podrían convertir este tiempo en una segunda Edad de Oro del toreo. Ponce, José Tomás, El Juli, Manzanares, Perera, Morante, El Cid, Talavante, Castella... conforman una baraja de auténticos ases, de toreros con personalidad propia, cada uno con su estilo, sin que nadie imite a nadie, como cuando a Romero o a Camino se les conocía por detrás y con la montera puesta. Estamos en una época de grandísimos toreros y no había pie a la nostalgia, pero las cosas son como son y casi nunca como uno quiere.

Han vuelto a las conversaciones el catastrofismo que parecía enterrado y ha sido por culpa de una feria anodina en la que los toros han estado muy por debajo del rendimiento adecuado. Fue una feria tan atípica en lo taurino que la mayoría de los premios ganaderos quedaron desiertos y que la faena más premiada discurrió sin que arrancase a tocar la banda de música. Y así las cosas, pues de nuevo vuelta la burra al trigo de que cualquier tiempo pasado fue mejor y las culpas al empresario, con lo que le hubiese gustado al empresario que los toros hubiesen sido máquinas de embestir y los toreros estajanovistas en el corte de orejas. Pero el toreo es un espectáculo que no garantiza nada ni ahora, ni antes ni cuando gallistas y belmontistas andaban a la gresca. Y en esta feria de la crisis, la crisis, que ha salido omnipresente, ha estado también cada tarde en el Baratillo dejándose ver con una contumacia tremenda. Tanta que el personal ha vuelto a creer que cualquier tiempo pretérito fue mejor.

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