La otra crónica

magdalena / trillo

Recuento electoral con palo 'selfie'

TODOS los partidos nos convocarán hoy para explicarnos qué ocurrió ayer en las urnas. No crean que será fácil. Cada formación aplicará la máscara que más le interese en un proceso que clonaremos a todas las escalas y con todas las variables posibles: hemos votado en unas generales pero las lecturas se trasladarán a las autonomías, a las provincias y a su barrio. Es un pacto clásico en democracia: ellos cocinarán sus interpretaciones y nosotros las compraremos. Creeremos lo que queramos creer. Es como el acuerdo de complicidad entre el escritor y el lector en la ficción pero aplicado a millones de fríos números atrapados en tablas excel. Estrujaremos los datos, los someteremos a duros ejercicios de malabares y conseguiremos revestir con la seriedad y el rigor de la estadística lo que será puro contorsionismo numérico.

Sólo unos resultados en blanco y negro -una victoria aplastante o un fracaso demoledor- nos eximirían de tener que asistir al baile de confusión que en España empezaremos a danzar a partir de hoy. En realidad, toda la paleta de grises terminará dando oxígeno a las distintas formaciones para que preparen su selfie más favorecedor y apliquen los retoques del Photoshop.

Joan Fontcuberta habla del selfie como el capítulo "más moderno de la historia del retrato", de todo un "género" que ha superado su estadio inicial de moda pasajera: "Por primera vez en la historia somos dueños de nuestra apariencia y estamos en condiciones de gestionar esa apariencia según nos convenga".

Que los selfies se hayan apropiado de las campañas de los políticos no es causalidad. Como explica el Premio Nacional de Fotografía, es el triunfo del ego, la sustitución del "esto-ha sido" por un "yo-estaba-allí", la expresión de una sociedad vanidosa y narcisista que ya no busca tanto mostrar el mundo recurriendo a la fotografía como exhibir que somos nosotros los que estamos en el mundo. Y lo hacemos, además, de una forma subjetiva y premeditada en la que el ojo ya no está en el visor de la cámara y pierde incluso el contacto físico con el popular e invasivo palo selfie: "Antaño la identidad estaba sujeta a la palabra, al nombre que caracterizaba al individuo. La aparición de la fotografía desplazó el registro de la identidad a la imagen. Con la postfotografía llega el turno a un baile de máscaras especulativo donde todos podemos inventarnos cómo queremos ser".

Si hay un contexto donde poder aplicar estos primeros apuntes del libro La Furia de las imágenes que Fontcuberta publicará en otoño es, sin duda, una campaña electoral.

Evidencia, por ejemplo, su propia evolución: la fotografía primero fue testimonial -respondía al impulso documental de atrapar en bruto lo que nos rodeaba-, luego avanzaría con el uso artístico, la expresión y la escenificación -de focalizar el hecho saltamos a la intención- y ahora damos un giro completo a todo el proceso para situarnos a nosotros en el foco. Repase las campañas electorales de nuestra joven democracia y podrá identificar cada uno de los estadios.

La política, al final, es un laboratorio para (casi) todo y un espejo de (casi) todo. Realmente, podríamos aplicar el grueso de las reflexiones que el también ensayista catalán avanzaba hace unas semanas en prensa con motivo de la celebración de PhotoEspaña: "Lo que hoy pedimos a las fotos es que se puedan compartir. Ya no son recuerdos para guardar sino mensajes para enviar". ¿No se dedican a ello, incansablemente, nuestros políticos?

Pero ahora ya no están solos; no son los únicos protagonistas. La prueba más constatable es el divertimento con que en las redes sociales se le ha dado la vuelta a la campaña: hemos podido expulsar a un político de una fotografía con la misma facilidad que hemos elegido el contexto, mutilado el escenario o reconstruido el ambiente. Y sin necesidad de unas tijeras...

El inconveniente del enjambre digital es que resulta todo tan efímero que probablemente hoy no tendremos una buena colección de fotografías de los candidatos sobre la que descargar nuestro enfado, euforia o perplejidad. Pintorreando, clavando alfileres en sus rostros o lanzando flechas a la diana. Nos advierte Fontcuberta que la "foto-vudú" pasará pronto a ser un anacronismo más porque, sin cuerpo que desgarrar, idolatrar o maltratar, la imagen se desfetichiza: "¿Cómo herir una foto hecha de unos y ceros centelleantes?".

Con o sin efecto de catarsis postelectoral, lo que de verdad ha cambiado en el juego de la política es cómo la participación y el contrapoder del ciudadano impide que sean unos pocos los que decidan cómo nos pintan la realidad, cómo la empaquetan y cómo nos la envían. Con titulares, con cifras o con imágenes. Pruébelo: el vudú digital también funciona.

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