¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Reflexionar

FUE Alfonso Guerra el que, bajo los efectos de la mayoría absoluta de los 80, dijo aquello de "Montesquieu ha muerto". El problema de ese tipo de frases es que, una vez pronunciadas, puede aparecer por la puerta el supuesto cadáver y dejar al orador en evidencia. Montesquieu, es decir, la división de poderes, no ha muerto, sino que siglos después va a sentar en el banquillo a más de veinte años de gestión socialista de la autonomía andaluza representados, como ya sabrán, por los ex presidentes Manuel Chaves y José Antonio Griñán y por otros 24 altos cargos entre los que se encuentran los otrora todopoderosos Gaspar Zarrías y Magdalena Álvarez.

El caso de los ERE le vuelve a estallar al PSOE en el peor momento, a las puertas de unas elecciones generales en las que se juega con Podemos el trono de la izquierda. Y esta vez ya no existe ninguna sulfurosa Alaya a la que culpar de los males propios. Cierto es que ni Chaves ni Griñán se han enriquecido personalmente, que no se han gastado el dinero en titis y vino de champaña, que no nos han ofendido con la dorada pornografía de otros; pero lo que viene a decir el juez en su auto, y muchos llevan denunciando durante años, es casi peor: Andalucía ha sido gobernada desde la arbitrariedad, desde el clientelismo y desde el amiguismo más burdo.

Seamos autocríticos, hagamos eso que los jesuitas nos enseñaron en nuestros años párvulos: examen de conciencia. Nada de lo sucedido hubiese sido posible sin la complicidad por acción u omisión de una gran parte sociedad andaluza, una sociedad que, en más de tres décadas, no ha sabido montar una alternativa al socialismo ni a sus redes clientelares, quizás porque sus élites políticas, empresariales, periodísticas, culturales, sindicales o científicas se han aprovechado especialmente de esta forma de gobierno fraguada en los reservados de los restaurantes. La ausencia de una sociedad civil claramente independiente del poder político es una de las herencias más envenenadas del periodo que ahora se sienta en el banquillo.

Volvamos a Montesquieu. El francés fue también el que formuló la ley según la cual toda persona que posee el poder tiende a abusar de él. Para sortear este axioma , hijo del sabio escepticismo británico del que tanto mamaron los ilustrados galos, se crearon las instituciones democráticas, que también han fallado durante años en Andalucía. Sólo gracias a una carambola se consiguió destapar uno de los grandes escándalos políticos de la España democrática. Ahora, le toca a los jueces juzgar y, al resto, reflexionar.

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