PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Reformen ya la Ley Electoral

LOS sanedrines que controlan los partidos políticos son conscientes de que aumentan las posibilidades de que el país se les vaya de las manos. Por falta de dinero, ya no funcionan muchas de las palancas que habían creado para mantener una paz social. Sabedores del cabreo ciudadano que se está cociendo, tienen que urdir una estrategia para ofrecer reformas políticas que sean percibidas como una respuesta a la crisis del sistema, y al menos puedan contentar a sectores reivindicativos, como señuelo que permita rebajar la presión y evitar un estallido. Si fueran inteligentes, incluso desde el tacticismo, aceptarían al fin plantear la reforma de la Ley Electoral para que las listas sean abiertas y cada ciudadano tenga la opción de elegir personas y no solo siglas. Ha llegado el momento. No debe aplazarse más.

Es la reforma más barata. No eleva el déficit, ni necesita el acompañamiento de un presupuesto de muchos ceros, como el derecho a la asistencia de las personas dependientes, los planes hidrológicos, la reconversión energética, etcétera. Y no solo es una vía de abrir paso a la meritocracia, sino también para combatir la crisis del endeudamiento. Cuando los políticos vivan la experiencia de caerse del cartel por decisión directa del pueblo, a la fuerza mejorarán como gestores y como opositores en el manejo y control de la Administración. Todo ello redundará en elegir con más tino las inversiones para que sean eficaces, y en reducir el volumen de excentricidades y despilfarros porque serán más difíciles de justificar, dado el serio riesgo de ser enviado al ostracismo.

En los grandes partidos prima una férrea resistencia a ceder a los ciudadanos la llave de la configuración de los parlamentos y ayuntamientos. Pero la deriva actual no tiene parangón en todo el periodo constitucional. El estado del bienestar se está quebrando, la soberanía nacional está en entredicho, el descrédito de los partidos es enorme, y si se mantienen enrocados y bunkerizados, pueden quedarse sin simpatizantes y verse rebasados por los acontecimientos.

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