DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Régimen por ósmosis

DESCARTADA la anorexia, busco otra explicación a que mi mujer a estas alturas (y esas esbelteces) se haya puesto a régimen. La crisis económica será de aúpa, pero todavía no es para tanto. Tampoco tiene mucho sentido que, porque lo exijan las revistas, se someta a la operación bikini la que no lo necesita, diga lo que diga el Cosmopolitan.

Lo necesito yo, y sospecho que mi mujer hace régimen para que cunda el ejemplo. Tras mis rotundos fracasos con la dieta de la sandía, la de Montignac (prefiero a Montaigne), la disociada y la hipocalórica, se le ha ocurrido el régimen por ósmosis. A ver si se me pega -o despega- algo.

En principio, estoy feliz. El encargado de cocinar los días laborables era yo. Sin embargo, los congelados de Bofrost (mi especialidad) no son dietéticos y ha decidido que ya se encarga ella de hacer las verduras y eso. Muy bien, y muy buenas. Luego, los fines de semana, como su dieta ejemplificadora le da bastante hambre, piensa sin pausa en productos alimenticios y en recetas y en qué vamos a cenar. De tanta planificación resultan unos platos elaboradísimos y presentados con mucho esmero.

Corro el peligro de que se harte y me ponga a fruta por decreto. Aunque es un peligro lejano, en parte porque le repugnan los modos totalitarios y en parte porque conocemos a uno al que su señora impuso un estricto régimen de Biomanán. Salía furtivamente y pedía huevos fritos con patatas y chorizo de aperitivo. Después de rebañar el plato con un mollete, suspiraba: "Lo peor es que en casa tendré que almorzar ahora las dos barritas ésas de chocolate". Naturalmente engordó. Yo, por lo menos, las barritas me las ahorro.

Al adelgazamiento no motiva la vicepresidenta Fernández de la Vega. Cuánto más hermosa está María Dolores de Cospedal. Pero me había propuesto no hablar de política hoy, en pascua florida, así que me ceñiré (es un decir) a mis escritores favoritos. Igual que para ser un tenor de ópera parece que conviene estar redondo, también por lo visto para escritor predilecto mío aprovechan los kilos. Fíjense en Santo Tomás de Aquino, en Chesterton, en el Conde de Foxá o en Julio Camba.

Aunque no todo es la literatura: si mi mujer persiste en su régimen, por no quedarme medio viudo, tendré que hacer algo. Mis reparos son de concepto: el pan y el vino son sagrados; y tampoco puedo renunciar al pescadito frito, pues es el único nacionalismo andaluz que uno practica, y en estos tiempos de particularismos en alza, cómo renunciar al mío. Podría privarme de la crema catalana, desde luego, pero me acusarían de catalanofobia. Uf, qué difícil. Ojalá funcione la ósmosis.

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