Visto y oído

Antonio / Sempere

Regomello

REGOMELLO es un término muy usado por Joaquín Reyes para componer su sentido del humor. Lo usaba en la mesa de Lo + plus, cuando Roberto Picazo. Y lo ha seguido empleando en Muchachada nui. Me acuerdo mucho del término ahora que estamos, otra vez, a la puerta de las nominaciones de los Premios de la Academia del Cine Español.

Dice la Real Academia que el regomello es un malestar físico que no llega a ser verdadero dolor. Una inquietud. Un pellizco en el estómago. Es bueno que lo haya. Señal implícita de que estos premios significan mucho. Lo constato estos días cuando surgen en alguna conversación. He percibido regomello en nuevos realizadores, cómo no, pero también en veteranos y curtidos en mil batallas. Y hasta puedo citar nombres. Santiago Zannou, el director de El truco del manco, está que no duerme porque nada le haría más feliz que ver nominado a su protagonista. Albert Espinosa, el director de No me pidas que te bese porque te besaré, saborea todavía las sensaciones del estreno de su primera película como director, esa dedicada a las personas especiales, y sueña con que los académicos contemplen también su presencia, su opción por la ternura sin paliativos.

La lista sería interminable. Los nervios están a flor de piel. A partir del 19 de diciembre, por el hecho de saberse nominados, algunos de los que estén en la lista vivirán unas navidades diferentes, como si ya hubiesen recibido el premio. Y después, la noche del 1 de febrero, con independencia de Aídas, Famas, CSIs y grandes hermanos, los Premios Goya volverán a ser los protagonistas de nuestra tele. El año que viene, el 2010, la noche será cosa de dos, de Alejandro Amenábar y Agora y de Pedro Almodóvar y Los abrazos rotos. Este todo está mucho más abierto. Lo que permite un regomello generalizado.

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