La tribuna

Ana Laura Cabezuelo

Religión a la carta

FENÓMENO extendido en nuestros días lo constituye lo que bien pudiéramos denominar religión a la carta. El Vaticano se alarma ante el descenso de fieles católicos que acuden al sacramento de la confesión, por cuestionar su necesidad. Se ha difundido que "un tercio de los católicos considera que ese sacramento ya no es necesario, mientras que uno de cada diez lo ve como un obstáculo en su diálogo con Dios".

Algunos mantendrán que en un mundo en el que diariamente tenemos noticias de abusos sexuales imputados a sacerdotes y donde contemplamos el esplendor de muchas iglesias, es difícil arrodillarse ante otro mortal que acaso tenga más culpas sobre sí que el que acude a él a confesar sus debilidades.

Si a eso añadimos que se han recibido instrucciones acerca de que el confesor no ha de actuar a modo de psicólogo y que el sacerdocio está reservado en la Iglesia católica sólo a los varones, surgen nuevos inconvenientes. Habrá personas que no hallarán el refugio que antaño encontraban en este sacramento extendiéndose sobre sus problemas. Otras -las mujeres- encontrarán harto difícil sincerarse en materias de acusada intimidad, ya no sólo con un perfecto extraño, desconocedor de su realidad cotidiana, sino con una persona de otro sexo, que funciona con parámetros distintos a los que rigen el psiquismo femenino. Consideremos además que, pese a la acusada defensa de los Derechos Humanos que efectúa la Iglesia, las mujeres en ellas, como rezaba la canción de Mecano "no pintamos nada", salvo, claro está, la permanencia en actitud de servicio y obediencia.

No olvidemos, tampoco, la particular situación por la que atraviesan muchos fieles: divorciados y vueltos a casar, homosexuales… Para algunos, apartarse de la Iglesia resultó una decisión traumática en algún instante de sus vidas. Los primeros, divorciados, no entenderán como se les posterga cuando la nulidad ha funcionado, en algunos casos, como un divorcio encubierto. El vicio de consentimiento, hábilmente manejado, propicia perfectamente lo anterior en ausencia de un impedimento al que aferrarnos.

Los segundos, estimarán que siendo personas adultas que han decidido libremente vivir su sexualidad conforme a unas pautas fustigadas por la Iglesia, con más razón han de ser condenados - de hecho el actual Papa así lo ha manifestado valientemente- los abusos cometidos contra menores por muchos que representan a la Iglesia y que pueden estar sentados en esos confesonarios a los que se nos invita a acudir.

Algunos entran en una curiosa dinámica: abandonando el sacramento de la confesión, dejan de comulgar y, con el tiempo, prescinden de toda práctica religiosa al estimar absurdo acudir a misa si no se va a participar en la eucaristía. Se entra, así, en un círculo vicioso.

Otros, por el contrario, se confiesan "directamente con Dios" y participan en los cultos, por las razones que se acaban de exponer. Se sienten lejanos a los planteamientos de la jerarquía en temas especialmente polémicos (control de la natalidad, relaciones prematrimoniales, papel de la mujer en la Iglesia, sacramento de la confesión…) pero no renuncian a una práctica que modulan a su manera. Es una religión a la carta.

Retomando el ya manido asunto del polémico autobús concluiré diciendo que para mí, "seguramente Dios existe y por ello disfruto de esta vida". Puede que algunos hayan abandonado planteamientos más ortodoxos y se acojan a versiones más relajadas de la religión. Puede, incluso, que otros se muestren hostiles hacia ciertas posturas mantenidas por la Jerarquía. Pero la vida nos demuestra que así como algunos se contentan con ser pura forma y tener poco fondo, pues fariseos también los hallamos en pleno siglo XXI, no faltan personas que portan en sus corazones a Dios aunque formalmente se aparten de ciertos esquemas. Quizá hayamos conocido a sacerdotes indignos y nos avergüence la corrupción. Pero… ¿Por qué no reparar en otros ejemplos magnánimos de generosidad que optaron por Cristo, dejando atrás una vida regalada o en los que nos tendieron la mano en momentos duros y de los que apenas se habla? En un mundo cargado de violencia y donde desde esta tribuna comento aberraciones que azotan a nuestra sociedad (niños que violan a otros niños, padres que maltratan a sus hijos), es imprescindible recuperar la experiencia de Dios. No del Dios vengativo que nos inculcaron. Ni mucho menos de un Dios que nos impone absurdas penitencias que debemos soportar estoicamente sin rebelarnos frente a los abusos y que nos premiará en otra vida si permanecemos pasivos. Pero sí El que me enseñó un jesuita ejemplar cuando mantuvo que "aquel que busca al que es honesto, aunque a Dios no lo nombre, vive en su Reino".

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