Editorial

Renovación en la política andaluza

POR diversas circunstancias no necesariamente homogéneas, las elecciones andaluzas anticipadas al 22 de marzo registrarán un auténtico relevo generacional en los liderazgos de las distintas formaciones políticas que concurren a ellas. Un somero repaso a los candidatos del máximo nivel, es decir, a los aspirantes a la Presidencia de la Junta de Andalucía, conduce a constatar la llegada a las cabeceras de lista de una generación prácticamente criada durante el régimen democrático. Los números uno de PSOE, PP, Izquierda Unida y Podemos -los partidos a priori mejor colocados ante las urnas inminentes- tienen quince o veinte años menos, como media, que sus predecesores en las candidaturas. Tanto Susana Díaz como Juan Manuel Moreno o Antonio Maíllo son sustancialmente más jóvenes que José Antonio Griñán, Javier Arenas y Diego Valderas, los tres líderes que, respectivamente, les antecedieron en la ambición por presidir la comunidad autónoma andaluza en los comicios de 2012. En el caso de Podemos, la reciente aparición de este partido impide establecer comparaciones, pero, en cualquier caso, su segura candidata, la actual eurodiputada Teresa Rodríguez, apenas supera los treinta años. Estamos, pues, ante un fenómeno de juvenilización de los liderazgos, que se hace tanto más llamativo cuanto se produce de forma abrupta, sin ser producto final de una evolución natural de la edad de los candidatos en las últimas legislaturas. Es un verdadero salto, que está por ver si se consolida también en el resto de las listas que Díaz, Moreno, Maíllo y Rodríguez lideran. Hay que saludar este proceso de renovación generacional de la clase política andaluza, al tiempo que planteamos la necesidad de que vaya acompañado de una renovación sincera y profunda del ejercicio y los modos de la política regional. Sería la clave de un mecanismo renovador auténtico. Y necesario: aparte de los episodios de corrupción y deslegitimación de las instituciones, la política de Andalucía está demasiado afectada por vicios y males de la política nacional, como el clientelismo, el poder omnímodo de los aparatos partidistas, la falta de transparencia y el fulanismo. De los cuatro aspirantes citados depende en buena medida que el espíritu de reforma y regeneración no se quede en los carnés de identidad, sino que se incorpore a la vida institucional, al funcionamiento de los partidos y a las formas de hacer política. Son candidatos que no vivieron ni siquiera como jóvenes la etapa de la transición a la democracia y, en consecuencia, podrían liberarse sin mayores problemas de los condicionantes y las ataduras de aquel proceso, por lo demás tan fructífero y creativo.

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