los ciriales

José Joaquín Gómez

Respeto al nazareno

HACE unos días veía en el programa de televisión Semana Santa de Sevilla al hermano mayor de los Gitanos, y le oí decir que se ha perdido el respeto al nazareno, recordando cómo no hace muchos años hasta la gente se bajaba de la acera para cederle el paso.

Hoy no sólo no respeta al nazareno el público en general, sino que, en no pocas ocasiones, tampoco lo hacen nuestras propias hermandades en particular, y eso aun es más grave.

Ya nos referimos a ello en esta misma columna hace cuatro años, pero no viene mal recodar e insistir en que el verdadero artífice, la auténtica esencia y alma de nuestra Semana Santa, la constituye el nazareno. Sin nazarenos no hay Semana Santa. Esa persona anónima sin ánimo alguno de lucimiento, fiel a su hermandad, acudiendo a su cita año tras año sin esperar de ella otra cosa que no sea recibir la íntima satisfacción de una estación de penitencia en la que haya sentido el consuelo inmenso y la alegría infinita de encontrarse con la mirada de su Cristo o de su Virgen.

Pero esa falta de respeto que denunciamos no sólo se detecta en el público que ve el tránsito de las cofradías interceptando su paso, cruzándose constantemente entre la filas, o cuando no tirando de su capa o de su antifaz; sino que también en otras ocasiones es mucho peor, porque es su propia cofradía quien no tiene en cuenta el respeto que el nazareno merece; ya que el nazareno queda reducido a un simple número, la quinta pareja derecha del cuarto tramo de palio, olvidándonos que ese hermano nuestro tiene nombre y apellidos y que merece toda nuestra atención, nuestro afecto y hasta nuestro cariño, y del que no podemos olvidarnos a la hora de trazar un itinerario o en la de calcular un horario, cuando los pasos se lucen al calor del sol del mediodía o al frío de la noche.

Lo dicho, en demasiadas ocasiones olvidamos que sin nazarenos nuestra Semana Santa no existiría.

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