Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Resurgir de la insumisión

CON la que está cayendo, con los juzgados colapsados y los jueces en pie de huelga, una nueva corriente de casos puede hacer que no sólo se colapse el mundo de los ropones sino el sistema en su totalidad. La sentencia del Supremo que prohíbe la objeción de conciencia para eludir esa especie de Formación del Espíritu Nacional que es Educación para la Ciudadanía va a hacer que resurja algo que tuvo gran predicamento durante los gobiernos de Felipe González, la insumisión. Una estrategia de desobediencia civil que fue clave para la supresión de lo que el insumiso pretendía esquivar, el servicio militar obligatorio. Objeción, insumisión y supresión fueron los tres pasos para que vaya al cuartel todo el que quiera, pero nunca el que no tenga la milicia entre sus prioridades.

Proliferarán, ya verá como sí, los padres que se declaren insumisos a fin de que sus hijos no den esa asignatura creada a mayor gloria de la democracia, Pepiño dixit. Ahora que la Justicia se ha pronunciado, a los padres que temen el adoctrinamiento de sus hijos sólo les queda la insumisión y a ver qué pasa. Sí mueve a extrañeza que un Gobierno tan permisivo con tantas y tantas cosas sea tan beligerante con esta cuestión. Como si les fuese el futuro en el intento, como si quisiesen dejar atado y bien atado el pensamiento, y tendencia de voto, de las futuras generaciones. Siguiendo con el inefable número dos del PSOE, Educación para la Ciudadanía no encierra maldad alguna ni pretende lanzar un mensaje único y sectario, sino que consiste en "explicar la Constitución, los Derechos Humanos o cómo se coloca un preservativo". Como puede comprobarse tres cuestiones de indudable trascendencia para las generaciones futuras, sobre todo la tercera.

Educación para la Ciudadanía no tiene por qué ser intrínsecamente mala, ni buena, pero tiene mucho de mensaje único y de reavivamiento de una lucha de clases que la Historia se ha encargado de demostrarnos qué deriva suele tomar. El Supremo ha dicho que quien manda, manda, y cartuchos al cañón, que si no quieres caldo, un par de tazas y que ni mú a esa asignatura. Y, claro, esos padres -ultraconservadores según el mandarinato vigente- que no quieran que les digan a sus hijos que los yanquis son malos y Castro un ejemplo, pues no tendrán otra salida que la de la insumisión para que la doctrina moral de sus hijos no venga dirigida desde púlpito alguno. No se trata de satanizar dicha materia ni de gangrenar las heridas que pueda abrir, pero da la impresión de que el Estado se ha pasado dos pueblos en cuestión de competencias y que resulta comprensible lo de esos padres que creen que les sustraen el derecho a educar a sus hijos.

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