La tribuna

carmen Pérez

Revolución copernicana para la banca

CUANDO Copérnico se enfrentó al modelo cosmológico vigente por entonces estuvo seguro de que algo andaba mal: no podían necesitarse esos presupuestos tan enrevesados y un esqueleto matemático de tantísima dificultad para encima explicar defectuosamente la realidad. Siguiendo la vieja convicción pitagórica, Copérnico desconfiaba de lo que necesitaba de tanta complejidad. Quitó la tierra del centro, colocó al sol en su lugar, y las previsiones teóricas empezaron a responder a las posiciones reales detectadas con mucha mayor simplicidad. También nuestro modelo bancario resulta complicadísimo para no conseguir la estabilidad que se requiere ni mantener al contribuyente a salvo de sus descalabros. Pitágoras, sin duda, nos aconsejaría también una revolución en este campo.

Prestar dinero a largo plazo y captarlo, a través de los depósitos, a corto, es una tarea tan delicada que, a los astronómicos niveles en los que se desarrolla, la banca precisa del apoyo público: de la garantía pública y explícita sobre los depósitos; y de la financiación continuada del Banco Central Europeo. El poder político se lo proporciona porque también la necesita: para canalizar la política monetaria; para que adquiera las emisiones de deuda pública que financian los estados, siempre sedientos de recursos; y como instrumento de recaudación, de pagos y de información de las Haciendas Públicas.

Y para que funcione esta simbiosis, se somete al sistema a una hiperregulación. La Autoridad Europea Bancaria, EBA, lo inunda cada año de miles de páginas de regulación procedentes de los reguladores nacionales, comunitarios y de los supervisores internacionales. Además, no sólo es excesiva en cantidad sino que han ido adquiriendo una enorme dificultad y conllevan la utilización de un sofisticado aparato matemático y estadístico, que produce verdadero cansancio existencial. Sin embargo, de nada ha servido tanta complejidad cuando hemos asistido a la mayor crisis financiera de la historia.

¿Qué cambiar? Las revoluciones extremas no aseguran resultados aceptables. Los copérnicos liberales eliminarían de golpe esta interrelación y dejarían que los bancos se comportaran como cualquier otra empresa, pudiendo quebrar. El contribuyente estaría así a salvo, pero dejaría a los depositantes desamparados, ya que tendrían que decidir a qué banco entregarle sus ahorros, analizando minuciosamente la solvencia de cada uno de ellos. Los copérnicos de izquierdas también lo tendrían claro: la nacionalizarían. La protección en este caso sería máxima, pero, dada las experiencias pasadas, el consumo de recursos públicos podría ser muy alto, y, por tanto, gravoso para el contribuyente, aunque no estuviera explicitado en forma de rescates.

Sin embargo, para el actual modelo intervencionista, también hay copérnicos por ahí con propuestas revolucionarias interesantes, muchas de ellas rescatadas del pasado, y que se están considerando. Algunos reclaman una total separación de la banca comercial, que es única que debe recibir el apoyo público, de la banca de inversión. Otros señalan que aunque es cierto que el sistema está hiperregulado, incluso más desde la crisis, a la vez presenta graves lagunas en aspectos claves, porque no limita adecuadamente ni el endeudamiento ni la liquidez de la banca. O denuncian que no se tocan otras cuestiones fundamentales, como el bajísimo coeficiente de caja (1%) que disfrutan, que fomenta una excesiva expansión crediticia. Y por citar alguna otra que va mucho más allá, la propuesta del banco central de Islandia, recogida hace unos días en el Financial Times por Alberto Gallo, en su artículo Rethink needed for monetary policy rol: permitirle a los bancos comerciales que presten sólo dentro de un rango máximo, revisado cada mes.

Si el modelo copernicano funcionaba mejor era porque estaba más cerca de la alineación real de los astros. Para que el modelo bancario funcionara mejor tendría que alinearse también a otra realidad: la lógica avaricia de la banca, la equivocada avaricia de los estados y la humana avaricia de la población, por ese orden, a las que sólo hay que prenderlas con bajos tipos de interés para que se desmanden todas ellas y organicen fenomenales burbujas, de las que sólo puede salirse creando otras.

La revolución copernicana que necesita el modelo bancario no es cuestión de mayor conocimiento, todo se sabe ya, sino de valentía: de la firme voluntad política, libre de la presión de los lobbies bancarios, de imponer un sistema que tenga los controles adecuados, pocos y simples pero rotundos, para que las diferentes avaricias se autosujeten. Pero, como ya dijo Upton Sinclair, "es difícil hacer que alguien entienda algo cuando su objetivo depende de no entender".

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