Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Con Romario se va un irrepetible

Con este brasileño bohemio y de vida desordenada, el gol adquiría unos matices que lo convertían en un arte

FUTBOLISTA de dibujos animados, no hubo otro con más imaginación en esa finquita que es el área. Me contaba un día Luis Aragonés que cuando Romario jugaba en el PSV, él iba con un grupo de amigos en vuelo privado para verlo. Me lo contaba en el hotel de Lérida donde el Sevilla guardaba vigilia para enfrentarse al Lleida y mientras, por la tele, Romario le hacía un nudo tras otro a Solozábal, Juanma López y Juanito para marcar tres goles en el Calderón. Tres goles que no servirían de nada porque el Barça caía en el último minuto por culpa de un golazo de Caminero. Pero Romario lucía con brillo propio y a Luis se le caía la baba.

Dicen que ya es definitivo, que Romario ha dicho que esta vez se va de verdad. No sé si llegó o no a esa cifra de mil goles que tanto se hizo esperar, pero, con la marcha de este taumaturgo del área, el fútbol se deja en la cuneta uno de los últimos motivos por los que soñar con él. Cuando Puskas controlaba en el área seguro que era gol; cuando Butragueño se paraba mirando cara a cara al defensa, todos se paraban; cuando Pelé metía la directa rumbo a puerta que todos se echasen a temblar; pero Romario no tenía nada que ver con nada de eso. Romario era la inventiva, la improvisación, la repentización y el gol convertido en una de las artes bellas.

Quizá, por muchas cuestiones que no vienen al caso, Romario haya sido al gol lo que Garrincha fue al regate. Si el patizambo extremo de Botafogo era imprevisible junto a la cal que delimita el campo, Romario se convertía en más de lo mismo pero con un aditamento crucial, el de que fuese el gol el punto final del poema. El año y pico que estuvo en el Barcelona le proporcionó a la Liga un plus de vistosidad que sólo estaba en sus botas. Goles al primer toque, excelso regate a Alkorta, Buyo sin llegar al toque sutil del brasileño. Se va, dicen que definitivamente, el tiempo no perdona, maldito tiempo que no se para jamás, cómo hacía soñar el puñetero.

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