Primavera sagrada

Juan Alberto Fernández / Bañuls

Ruán

No puedo tener mayor respeto, cariño y admiración por el conjunto de las túnicas que visten los nazarenos de la Semana Santa de Sevilla -¡ay, esa nostalgia no vivida del merino de mis sueños, el terciopelo del antifaz con el color de su nombre y las hebillas de plata sobre el empeine de las manoletinas brillantes!-, pero la negra túnica de ruán, el alto capirote y el ancho esparto ceñido a la cintura, han sido mis ropas inseparables durante este medio siglo último de mi vida. Y tengo para mí la íntima convicción de que será la única que haya sobre mi cuerpo en los años que me resten de ser nazareno de mi ciudad.

Hay túnicas de ruán que, de puro viejas, se han ido volviendo marrones. Es un tinte de gloria que añade la cualidad de herencia y fidelidad a una de las pocas cosas serias que nos van quedando en nuestra Semana Santa y que, junto con la devoción a las imágenes y nuestra memoria de niños asombrados ante el poder evocador de los recuerdos de una celebración que vamos desviviendo conforme pasan los años y nos deja el alma demolida por la sensación más certera de que la fiesta mayor se ha banalizado irremediablemente, representan la íntima trinidad en que se apoya, para mí, al menos, el ritual pasionista. Vestirse de nazareno, comprobar que el mundo que se abre a través de las rendijas del antifaz es nuestro propio e indestructible mundo interior y no el cada vez más desconocido por destrozado paisaje exterior, es el tercero de los soportes que nos quedan de esta semana que no existe más allá de nosotros mismos.

Vestir la túnica de ruán es una responsabilidad y una manera de entender la Semana Santa. Por eso, no se pueden acortar plazos, ni ponérsela como un adorno intercambiable e interesado. Las que llevan el desvaído marrón de la tradición sin mancha, como la de Antonio Oliva, se merecen algo más que el respeto de todos. Se merecen que los que gobiernen su hermandad aprendan a llevar el ruán entretejido en el alma.

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