Editorial

Rubalcaba baja a Marruecos

Anadie puede escapar que, en un país como Marruecos, el sellado que se preparaba de la frontera con Melilla para la próxima semana estaba respaldado por su Gobierno y apoyado, cuando no inspirado, por la máxima autoridad de ese reino, Mohamed VI. A partir de mañana lunes, y durante 15 días, no entraría en la ciudad autónoma ningún camión con materiales de construcción; a partir del martes, el bloqueo afectaría, durante 48 horas, a las mujeres marroquíes del servicio doméstico, y desde el miércoles hasta el sábado, ni frutas, ni verduras ni pescados. Tal estrategia de bloqueo sobre una frontera internacional no puede partir sólo de dos organizaciones no gubernamentales con escaso tirón en la opinión pública marroquí; tanto el Comité de la Sociedad Civil del Norte de Marruecos como el de la Liberación de Ceuta y Melilla deben estar apoyados y asesorados por las autoridades del país para programar tal escalada de presión. Otra prueba de que el enfado marroquí procede de otras instancias más altas es la respuesta que se ha dado desde España: nada de simples comunicados, sino una llamada telefónica de don Juan Carlos al rey alauí y la visita el próximo lunes 23 del ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, a Rabat para reunirse con su homólogo, Taieb Cherkaui . El viaje de Rubalcaba a la capital marroquí ha detenido, de momento, las acciones previstas en la frontera, aunque las ONG convocantes y el sindicato de transportes las supeditan a los resultados de estas conversaciones. En principio, las protestas marroquíes provienen de un supuesto mal comportamiento de las fuerzas de seguridad españolas en la frontera de Melilla, de ahí la intervención de Rubalcaba, pero otras fuentes del país vecino relacionan esta escalada de tensión con los vuelos del helicóptero español que abastece al Peñón de Alhucemas desde la ciudad autónoma y que habría molestado, por alguna razón, al rey Mohamed VI, que pasó unos días de vacaciones en junio en un yate anclado cerca de este enclave español. Si esto es así, la mejor respuesta que España puede dar a esta escalada es la del diálogo para evitar otro tipo de confusiones y aclarar equívocos. Ni España ni el Gobierno van a cambiar Marruecos, y parece que esta vez las intenciones de entendimiento pueden ser más fructíferas que posiciones de fuerza que no llegarían a ningún sitio.

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