LLAMÓ la atención que en su reciente viaje a Marruecos (abro paréntesis: alguna vez habrá que replantearse esa broma de que cada autonomía tenga su política exterior, su diplomacia y sus embajadores) el presidente de la Junta, convenientemente urgido por la prensa de allí, declarase su simpatía por la propuesta marroquí sobre el Sahara.

A mí lo que me llama la atención es que alguien se sorprenda, a estas alturas, por las declaraciones de Griñán, que no hizo más que reiterar lo que es ya una doctrina oficial del Gobierno de la nación. Oficial, aunque vergonzante, sin querer admitir que se ha cambiado de opinión y de acera, en una muestra de realpolitik tal vez inevitable, pero cuya impopularidad no se quiere arrostrar.

En relación con el Sahara y el Frente Polisario, el partido en el poder ha alcanzado, en efecto, las más altas cumbres de la esquizofrenia. Mientras en los congresos socialistas se sigue homenajeando al Polisario, se lucen sus pegatinas y se ovaciona a sus dirigentes, y muchos militantes del PSOE arropan en la calle las manifestaciones independentistas, la diplomacia de los intereses materiales ha impuesto su pragmatismo y ha aceptado que el futuro de la ex colonia española está en su integración en Marruecos mediante alguna fórmula de autonomía políticamente inocua.

No se guardan ni las formas. El viernes pasado, ante la comisión de descolonización de la ONU, un prohombre del PSOE canario defendió la idea de que el conflicto del Sahara "podría ser resuelto mediante la instauración de una autonomía", que es lo que hace años vende el monarca semiabsoluto de Marruecos, mientras que dos diputados socialistas del País Vasco y Extremadura apostaron por que la ONU organice "sin mayor dilación un referéndum de autodeterminación en el que el pueblo saharaui pueda decidir libre y democráticamente su futuro". El mismo partido propuso una cosa y la contraria.

El fracaso de las sucesivas mediaciones de Naciones Unidas, los cambios en la política internacional que han conducido al aislamiento del Frente Polisario, la consolidación del dominio marroquí en el terreno militar y la maraña de intereses españoles que dependen de Rabat (inmigración, agricultura, inversiones, narcotráfico, terrorismo, Ceuta y Melilla) están detrás de esta reconducción de la postura de España, que, paradójicamente, va a rematar ahora, treintaytantos años después y con un Gobierno socialista, la faena iniciada por un franquismo mientras su titular agonizaba: la entrega del Sahara a los marroquíes.

Sólo pediría que reconociesen, aun a costa de enterrar uno de sus mitos progresistas más queridos, que han cambiado de chaqueta.

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