La tribuna

Ángel Rodríguez

Salsa boloñesa

LA ciudad italiana de Bolonia, además de haber regalado a la humanidad el condimento más afamado para la pasta, es la sede de la universidad más antigua de Europa. Por esta última razón, hace ya unos años, un buen número de países del continente, entre ellos España, aprobaron en ella el Plan Bolonia, con el objetivo de homogeneizar los sistemas europeos de educación superior. Pero, al igual que la salsa (elaborada con carne picada, cebollas, tomates, zanahorias, pimiento morrón, ajo, vino blanco o tinto, hierbas y especias varias, según wikipedia), el plan tiene ingredientes muy variados entre sí, algunos de los cuales le restan al conjunto el sabor agradable que, en principio, parecía prometer su aroma. Permítanme que les enumere los que más me gustan y los que menos.

Empecemos por los que habría que conservar: en primer lugar, la revalorización de la docencia. Tras siglos de enseñar las cosas como nos la enseñaron a nosotros, los profesores nos sentimos ahora incentivados para buscar nuevas fórmulas para transmitir el conocimiento. ¡Ya era hora! Todavía hoy, algunos de nuestros compañeros se afanan en dictar a sus alumnos los mismos apuntes que dictaron a sus padres, pero cada vez son menos. El punto de partida de Bolonia al respecto es tremendamente acertado: menos clases y más efectivas.

En segundo lugar, Europa: incluso lo malo es la mejor opción si es la que comparten nuestros vecinos, pues en esto lo peor es ir por libre. La idea de Bolonia es que el tremendo beneficio que supone estudiar parte de tu carrera en otro país europeo (son muy pocos los erasmus que no sitúan esa experiencia entre las mejores de su vida universitaria, y aun de su vida a secas) no sea la excepción, sino la regla. Para conseguir ese objetivo tenemos que igualar lo que se estudia aquí y allí.

Y, por último, un objetivo que, incomprensiblemente, a veces se ve poco progresista: que la universidad sepa encontrarle rendimiento social a lo que hace, que su trabajo sea útil. Es posible que en un mundo donde sobraran los recursos pudiéramos permitirnos el lujo de tener un montón +de gente pensando sobre cosas perfectamente prescindibles, pero cuando, como en nuestro país, eso se paga con dinero público, todos tenemos derecho a preguntarnos si en mi ciudad es más útil una nueva facultad o un nuevo hospital. Es precisamente la universidad pública la que tiene que justificar continuamente ante la sociedad el enorme gasto que en ella se hace.

Precisamente en este punto puede empezar el mal sabor de boca: rendimiento social no es exactamente lo mismo que utilidad económica, aunque tampoco es cierto (aún hay quien lo cree) que contribuir a la creación de riqueza sea un objetivo que la universidad deba despreciar. ¡Por supuesto que es de extrema utilidad social fomentar el pensamiento básico en la ciencia, crítico en lo social y creativo en el arte! Además, desde que hemos sabido que la falta de ética tiene mucho que ver con la actual crisis, cada vez parece más claro que el retroceso en estos campos también tiene -malas - consecuencias para la economía.

No podemos permitir que la universidad deje de cultivar esos saberes. Como tampoco podemos caer en el papanatismo de lo tecnológico, como si una clase plagadas de errores o banalidades pudiera arreglarse con un buen power-point. Y no digamos Internet: wikipedia puede valer para las recetas gastronómicas, pero, por favor, que no sea la fuente de información del estudiante de medicina que en el futuro tendrá que diagnosticarme una enfermedad. El mal profesor no se redime con la tecnología, y está claro que su uso abusivo puede obstaculizar la transmisión del conocimiento (prueben a poner a un estudiante media hora delante de una pantalla y a otro el mismo tiempo delante de un libro y comparen los resultados). Pero es una de las pocas herramientas en las que nuestros estudiantes demuestran una excepcional pericia, que debemos aprender a encauzar.

Quizá lo más deleznable sea algo que ¡ay! aparece siempre en cualquier proceso de reforma: los que aprovechan la oportunidad para, al socaire de tan elevados propósitos, arrimar el ascua a su particular corralito o, si todavía no lo tienen, apresurarse a construir el propio: desaparecen titulaciones, centros, licenciaturas y departamentos, que en la nueva jerga se sustituyen por módulos, competencias, habilidades y grados, pero, como le dijo Humpty Dumpty a Alicia, la cuestión no es qué significan todas esas palabras, la cuestión (sigue siendo) a ver quién manda aquí.

Es posible que le falte un hervor, y tiempo habrá de perfeccionar la receta, pero sigue siendo uno de mis platos preferidos. ¡Buon apetito!

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