Por montera

Mariló Montero

Salvad a María José Carrascosa

SOBRE el rostro de María José Carrascosa resbalan los dulces tonos de las canciones de Navidad. No cala en ella ni una sola de las seductoras voces que entonan momentos de amores familiares e ilusiones en éstos días que todos regresamos a casa por Navidad. Sus poros no dejan sitio para eso. Se han cerrado a cualquiera de los besos que nos invaden por el aire que arrastra hasta nuestras entrañas la música de nuestras calles y nuestros hogares. La piel de su rostro se ha hecho inmutable a cualquier sentimiento distinto al que ella se imagina cuando pueda volver a abrazar a su hija Victoria - nombre premonitorio en sus circunstancias-. En tres años la cara de María José es un garabato de profundas arrugas que han desordenado su dolor. Se le cruzan por las noches los dolores por el recuerdo desdibujado de la carilla de su hija, de la lucha a la que está entregada su familia. No hay noche en que María José no encuentre en el techo de su celda el espejo de su futuro. Un firmamento oscuro, seco, con grandes manchurrones del que le gotean agujeros negros en la cara. Lo de menos son sus males físicos. El tiroides que le arranca los ojos de los orbiculares y que no son más que unas gafas de aumento para que el juez en suerte le vea bien la verdad en sus pupilas. "Sostengo que soy inocente, señor juez", le dijo María José antes de ayer. Pero al otro lado del estrado, entre los zarzales de la Justicia americana, se esconde un negro lobo babeante de largos colmillos que mientras levanta sus dos garras le aúlla "es un caso de odio y venganza que ha creado usted quien ha considerado que su hija una mera propiedad, una pieza en el tablero de ajedrez. Entérese: el juego se ha acabado". El rugido no se detuvo ahí. La negra fiera alargó su cuerpo, hasta casi perder el equilibrio desde la balaustrada judicial, para reventarle el tímpano a la madre con eso de que por su culpa su hija no podría abrir los regalos de navidad ni de su padre ni de su madre.

El caso de Carrascosa aparece y desaparece de los medios de comunicación en función de sus propios meandros. La Justicia española le había otorgado la custodia de su hija tras la separación de su marido americano. Pero la estadounidense la cogió por cuello para acusarle de secuestro. Carrascosa es tratada como una homicida. ¿Por qué el Gobierno español no es tan determinante en este caso como lo fue en otros de españoles encarcelados por el mundo implicados en delitos de sangre?

Mientras a María José le están nevando sobre su cabello noches de blanco cemento, desde que se quedó atrapada en la red donde encontró al amor que le ha condenado de por vida.

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