La ciudad y los días

Carlos Colón

Santa Clara, cinco errores

PRIMER error: no haber convertido el convento de Santa Clara en el Seminario de Sevilla. La cuantiosa inversión en el nuevo edificio hubiera servido para restaurarlo, se habría mantenido su uso religioso y su iglesia se hubiera podido abrir al culto público.

Segundo error: destinar el convento de Santa Clara a esa cursilería que se llamó la Casa de los Poetas, idea afortunadamente desestimada según se intuía hace tiempo y se sabe ahora.

Tercer error: haber abandonado la cursilería esa de los poetas sin decirlo y sin haber diseñado un plan coherente para dotar de vida -y una vida apropiada a su naturaleza artística e histórica- al magnífico recinto. Según ha declarado a este periódico quien hasta ahora era el responsable oficioso de la Casa de los Poetas, "no interesaba decir que el proyecto no existe, que se ha caído porque no había posibilidades de desarrollarlo y lo que se pretende ahora es cubrir el expediente con una serie de actividades deslavazadas".

Cuarto error: la propia naturaleza de esas actividades deslavazadas que, según esa señora que disfruta viendo muertos bailando sevillanas, consistirán en "una biblioteca pública, un espacio expositivo, otro de actuaciones al aire libre y la sede de la red de bibliotecas municipales". Una Casa de Cultura de pueblo, vaya, cuyo programa podemos imaginar conociendo el talante de esta corporación y los talentos de la delegada de Cultura.

Quinto error: ser un convento fundado en 1289, albergar azulejerías y arquitecturas de los siglos XVI y XVII, poseer magníficas obras de arte y custodiar la torre de Don Fadrique, el edificio civil cristiano más importante de la Sevilla medieval. ¿A quién se le ocurre, en esta ciudad nuestra, ser tan antiguo y tener tanta historia? ¿A quién se le ocurre, en esta sociedad nuestra y con esta gestión tan duramente museística de tantos espacios sagrados por parte de los mismos clérigos, ser un convento?

El autobús del Ayuntamiento sevillano lleva puesto su propio cartelito publicitario exaltando el descreimiento en la ciudad: "La Sevilla histórica probablemente no existe (y si existe ya nos ocupamos de que deje de hacerlo). Deja de preocuparte por su conservación y sé moderno". Es decir: corta árboles en la Avenida, siembra de catenarias la calle San Fernando, convierte la glorieta del cementerio en una avenida de la Expo, enlosa la Alameda, planta setas de cemento en la Encarnación, alza rascacielos, despilfarra en seudo tranvías, desfigura plazas históricas y sigue confundiendo, como hicieron los franquistas, progreso con desarrollo y modernidad con destrucción del patrimonio.

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