La tribuna

Jaime Martinez Montero

Seguimos con el fracaso escolar

SON noticia los diversos remedios que el Ministerio y las consejerías de Educación van a poner en marcha con el fin de reducir el fracaso escolar. Que se decidan a abordarlo significa, entre otras cosas, que reconocen su existencia. Y si reconocen su existencia está bien que se establezcan correcciones a los efectos, pero no estará tampoco mal si se actúa contra las causas. Es conveniente reforestar el monte quemado, pero lo es más evitar que el fuego se produzca.

El fracaso escolar se da en mayor medida en la ESO, al menos en lo que se refiere a las calificaciones que obtienen los alumnos (muy inferiores a lo esperado), en el porcentaje de titulaciones que se consigue (muy bajo si se mide por cohortes, pues se trata de una educación obligatoria), en los muy diversos rendimientos que alcanzan los chicos y las chicas, y en las fuertes y en ocasiones injustificadas diferencias que se producen entre unos institutos y otros.

Los problemas del tramo educativo que atiende a los púberes y a los adolescentes son comunes a todos los países, y no algo que se dé sólo en España. En Europa intentan unificar la enseñanza superior, pero ni se les ocurre emprender algo similar con la secundaria. En la atención a este tramo de edad se ofrecen unas diferencias abismales entre unos países y otros. Así, en Alemania y Suiza separan a los alumnos a los diez u once años, enviándolos a niveles de estudio de diferente dificultad. Francia u Holanda los segregan a una edad intermedia (12 o 13 años). Los países nórdicos, Escocia, Grecia y Portugal mantienen a los alumnos en un mismo tronco hasta los 15 o 16 años, como nosotros.

Dicho de otra manera: no es nada sencillo encontrar la fórmula que establezca cuál es la mejor estructura para atender a los alumnos comprendidos en este tramo. Sí tenemos, sin embargo, alguna certeza: a juzgar por lo que dicen y por lo que escriben, los profesores de Secundaria no están encantados con el actual diseño. Supone un enfoque nuevo (atender a todos los alumnos del mismo modo, desarrollar al máximo sus capacidades con preferencia a prepararlos para el nivel siguiente, y todo ello sin una selección previa de los mismos, como había ocurrido hasta los años 90), ajeno a su tradición y que hubiera requerido una reconversión profunda de la mentalidad y de los procedimientos y métodos de trabajo del personal docente. Sin embargo, donde la preparación específica para el oficio de enseñar ha brillado por su ausencia ha sido precisamente en los profesores de instituto.

Las finalidades que persigue la ESO son muy similares a las de la Educación Primaria. Sin embargo, su estructura es muy diferente. Mientras que en Primaria un solo maestro o maestra atiende a pocos alumnos, en varias materias y durante muchas horas a la semana, en Secundaria un profesor se encarga de muchos alumnos (pueden llegar a doscientos), en una sola materia y muy pocas horas a la semana. Es complicado cumplir metas similares con diferencias tan evidentes. A veces se peca de ingenuidad y se quiere trasladar sin más metodologías y concepciones desde la Primaria hasta la ESO. Se habla así de individualizar la enseñanza, adaptar el desarrollo de las clases a los diversos ritmos de aprendizaje de los alumnos, etc. Pero nadie explica cómo se llevan a cabo tan loables deseos.

¿Cómo lo hace una profesora de matemáticas, que da clase a un grupo de 30 ó 32 alumnos a lo largo de una hora, que no va a volver a coincidir con ellos hasta pasados dos días, y que es casi imposible que llegue a conocer a todos y cada uno por sus nombres? Se me podrá argüir que hay soluciones técnicas y que el empleo de las nuevas tecnologías allana bastante las dificultades. Sí, pero lo que no es razonable esperar es que soluciones sofisticadas, que exigen conocimientos especializados y mucho trabajo extra, surjan espontáneamente de entre los funcionarios que sirven el nivel.

Hay un dato terrible que se airea poco. En Andalucía, como en el resto de España, la introducción y la consolidación de la ESO ha costado mucho dinero. Se rebajó el número de alumnos por grupo, se mejoraron de manera muy notable los edificios y el material didáctico, se elevó la calidad y la presentación de los libros de texto, se asignaron a esta etapa profesores licenciados universitarios, en lugar de los maestros que había en la anterior EGB, se incrementaron notablemente los sueldos, se prolongó en dos, tres o cuatro años la permanencia de los alumnos en el centro escolar. ¿Y qué ha pasado? Pues que en la EGB obtenía el título el 75% del alumnado y en la ESO lo alcanza el 66%.

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