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rafael / sánchez Saus

Selección de bellacos

VAYA por delante, señores, que padezco alergia invencible a esas concentraciones plebeyunas con pretexto futbolero que con frecuencia creciente se producen en nuestras ciudades. No me busquen ustedes en las barbacoas gaditanas ni en los alrededores de la Puerta de Jerez en Sevilla o de la madrileña Cibeles cuando las turbas se las apropian. Y por ello, sin que sirva de precedente y sin que se me oculten sus espurios motivos, no me parece tan mal que la Colau se haya negado a poner macropantallas en Barcelona para seguir las evoluciones de la ahora llamada Roja. Quien quiera ver fútbol, que lo haga en su casa, en el bar o en la peña, pero no sé por qué tiene un ayuntamiento que proveer el coste de una botellona y sus efectos excrementicios, ande por medio La Roja o la Arco Iris, como pronto nos la propondrán.

Pero, ciertamente, no es ésa la noticia. Sí lo es el increíble hecho de que días después de que dos mujeres fueran insultadas, pateadas, arrastradas y enviadas al hospital por una banda de secesionistas catalanes por el terrible delito de mostrarse como seguidoras de esa Roja que, sin duda, no las merece, a esta hora en que escribo no sólo esté impune el linchamiento, sino que nadie de esa selección, empezando por el inverosímil marqués de la Pantufla que la dirige, haya mostrado su solidaridad con las víctimas ni el menor interés por ellas. ¿Hay un presidente en la Federación Española de Fútbol? ¿Le ha comido la lengua el gato al señor Villar que no sus largas uñas? Pero lo cierto es que las chicas agredidas no buscaban firmas para que los aficionados le vieran la cara a Villar. Y los jugadores lo saben. Ya era patente que detrás de casi todos esos millonarios mercenarios que se arrogan la representación de una España que les resbala no había casi nada que humanamente mereciera la pena -y ahí están sus dichos y hechos fuera del césped para no dejarme mentir-, pero lo que no había yo columbrado aún es que no fueran más que una gavilla de bellacos incapaces de un gesto de hombría de bien.

La modesta selección de Georgia ha empezado a hacer la justicia que espero y deseo ver consumada a partir del lunes. Desde ahora, y mientras La Roja siga empeñada en hacer tan turbio honor a su probable próximo nombre, que no se cuente con el humildísimo concurso de un servidor. Ni como espectador. A mí no me representan estos felones.

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