fragmentos

Juan Ruesga

Semana Santa del 92

DURANTE la Semana Santa de 1992, los que vivíamos en Sevilla estábamos divididos en dos grupos: los que trabajábamos en algún edificio o servicios relacionados con la Expo, y los que no. Para los que no estaban relacionados directamente con los trabajos de la Exposición Universal que se celebró en Sevilla en 1992, esa Semana Santa quizás fue una más, puede que de las mejores, por el buen tiempo que hizo. Por los importantes estrenos y por el gran número de nazarenos en las procesiones. Por la cantidad de visitantes y por algunos hechos singulares como la procesión del Santo Entierro Grande. Para los que estuvimos vinculados a las obras y preparativos de la Expo, esa Semana Santa ha pasado a estar en nuestra vida y en nuestra mente como los últimos siete días de tres intensos años de trabajo. Como las vísperas de la inauguración del certamen, señalada para el 20 de abril de 1992, lunes de Pascua.

Durante los días de aquella Semana Santa, las calles de la ciudad estaban abarrotadas de visitantes y sevillanos. En el recinto de la Expo, muchos nos afanábamos para que todo estuviera a punto. Cientos de personas. Multitud de vehículos. Transportando los últimos elementos. Preparando los avituallamientos. Un ligero nerviosismo nos invadía. Era algo así como las sensaciones que sentimos las gentes de teatro en una víspera de estreno. No puede haber ningún retraso, ni ninguna causa que justifique que no se llegue a tiempo. Allí nos pasaba igual, pero en una escala enorme. En Sevilla sabemos de la complejidad de preparar y organizar grandes acontecimientos, como lo son nuestras fiestas mayores, que se celebran a fecha y hora fija. Llevamos cientos de años preparándonos para ello. Ahora sabemos que en la Expo, un competente grupo de personas trabajó con éxito para que todo funcionara a la perfección durante seis meses. Una tarea muy compleja y además con la novedad de permanecer abierta durante varias horas de la noche. En aquellos días anteriores a la inauguración, aunque preparados, no estábamos tan seguros de que todo iba a ir tan bien como fue.

Y llegó la mañana del Viernes Santo. Como tantos años me levanté temprano. Pero en esta ocasión no fui a ver las hermandades que se recogen por la mañana. Estaba citado con varios técnicos en el Pabellón de Andalucía. Dimos una vuelta por todo el edificio, repasando equipos, sobre todo de protección contra incendios, de seguridad y de climatización. Visitando las exposiciones del edificio, con los últimos toques a los contenidos. Los distintos sistemas de proyección, los restaurantes. Sus responsables directos estaban allí preparando todo. Salimos a la terraza del cuerpo principal, y vimos el panorama de la ciudad y el recinto. Todo estaba en orden. Más tranquilos, hablamos de las anécdotas de todos esos meses de trabajo. Entonces, poco a poco, un murmullo y unos sonidos familiares de cornetas y tambores empezaron a llegar hasta nosotros. La procesión de la Macarena se acercaba a la Resolana. En aquel momento me di cuenta de que siempre recordaría esa mañana.

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