la ciudad y los días

Carlos Colón

El Señor del Gran Poder

EN su admirable ensayo La luz de la noche -¡qué titulo para un libro dedicado al Señor y a la Macarena!- el escritor y crítico literario Pietro Citati, amigo y cómplice que fue de Italo Calvino y del Pasolini que el predicador de este quinario, Alejandro Arellano, prelado de la Santa Sede, citó en una de sus espléndidas homilías, escribe en el capítulo Un pagano lee a San Pablo: "Pese a todo el tiempo transcurrido, el cristianismo sigue siendo un escándalo: la locura de la cruz, le herida de Dios, el desgarro del universo". Y como siempre que leo algo profundo, revelador o conmovedor sobre el cristianismo y sobre Jesús Nazareno, tengo la sensación de que ya me lo había dicho el Gran Poder, la imagen que agota todo lo que la teología ha dicho, dice y dirá sobre el misterio de la encarnación de Dios en el cuerpo de dolor de un hombre.

Locura de la cruz que pesa con tanta crueldad sobre sus hombros, venciendo su poderosa espalda, y acaricia con tanta suavidad con sus fuertes manos de carpintero, como si el tacto de la madera le evocara dulces recuerdos de la carpintería de Nazaret en la que trabajó junto a su padre hasta cumplir los treinta años. Locura de reconocer el Gran Poder de Dios en este hombre abatido, exhausto, de mirada tan tiernamente triste, de gesto a la vez tan fiero y tan agotado; León de Judá asaeteado de espinas, flagelos, golpes y afrentas que, aun herido de muerte, camina agotando las últimas fuerzas que le quedan, plantándole cara al mal con feroz ternura.

Herida de Dios a través de la que se desangra de amor de compasión, de ternura y de dolor por su criatura el creador de todo lo existente, YHVH, el que Es, el glorioso en santidad, el digno de temor y de alabanzas, el hacedor de maravillas, aquel cuya visión es imposible al ojo humano, cuyo nombre ni tan siquiera puede pronunciarse para no profanar su santidad absoluta y cuya palabra transcrita en la Torá debe seguirse con una varilla de oro para ni tan siquiera tocarla.

Desgarro del universo que trae el Eterno a la tierra y el Creador a su creación; que vence a la muerte muriendo, consuela el sufrimiento sufriendo, gana perdiendo y triunfa asumiendo en él las derrotas de todos los vencidos de la historia; que funde el principio y el final, el Génesis y el Apocalipsis, el alfa y la omega que Juan Manuel, con tanta sabiduría teológica, bordó en la túnica de Epifanía que estos días viste.

Este es el Señor del Gran Poder -locura de la cruz, herida de Dios, desgarro del universo, luz de la noche- a quien tantos sevillanos hablan con confianza, de hombre a hombre; y rezan con el temor y el temblor a Dios debidos.

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