La tribuna

rafael Rodríguez Prieto

Señoritos y animaladas

NO, no me gustan los toros. Me aburren. Hay gente que no soporta el rock, la lectura o es incapaz de imbuirse en el arte que se desprende de la mejor filmografía de John Huston. Probablemente carezco de la formación suficiente para apreciar una buena faena; de los conocimientos o del gusto estético que me permitiría compartir una emoción que ha influido en la pintura, literatura o música de genios como Pablo Picasso u Orson Wells. Pero el toreo no es tan sólo un arte: es el Mediterráneo, nuestro mar, desde los muros del palacio de Knossos en Creta a los grabados de Goya. El toreo como la ópera es una representación de la vida, de los colores, la poesía y la pasión. Es parte de nuestra historia y una forma de no olvidarnos de quiénes somos, a pesar de vivir en un tiempo en que la historia parece tratar de reducirse de forma abrupta y fascista a un trending topic o un instante consumido para no significar nada.

Cuando algunos estudiantes australianos me preguntaban por el "deporte" del toro, les tenía que aclarar que la tauromaquia no pertenece a la categoría del rugby. A su vez, les explicaba que el Toro de la Vega y salvajismos similares, pero con patente de corso como los correbous, son tan lesivos para el mundo del toro, como para cualquiera que tenga una mínima sensibilidad hacia los animales.

El filósofo Baruch Spinoza nos decía que el alma, por ser una idea del cuerpo, está tan unida con él que ambos así constituidos forman juntos un todo. La plasticidad del toreo, la comunicación entre animal y torero, nos ofrece un sentido estético único, universal y hasta sagrado. Ojalá pudiera sentirlo. De momento, soy capaz de respetar a aquellas personas que lo disfrutan y valorar a aquéllos que lo practican como el matador de toros Juan José Padilla, un gaditano como yo. Es por eso que no puedo sentir más que desconcierto, asco y tristeza al leer las críticas de algunos párvulos intelectuales a su participación en una campaña de la Diputación de Cádiz.

Este torero, al contrario que muchos señoritos animalistas, tiene un trabajo. Un oficio con el que se gana y juega la vida. Una labor que permite a otros muchos llegar a fin de mes. Que ayuda a que pueblos y dehesas no se transformen en desiertos. Una profesión que contribuye a mantener un cierto equilibrio medioambiental y social.

El animalismo no tiene que conducir a la animalada. No obstante, en España todo puede suceder. Proteger a los animales es algo encomiable que además no es extraño al mundo del toro. Todo lo contrario. Sin embargo, cuando el animalismo se practica por señoritos dedicados a ejercer la superficialidad políticamente correcta resumida en su siguiente prohibición, se transforma en animalada. Que el nacionalismo racista y xenófobo que padecemos en España lo haya hecho en Cataluña con el fin de extirpar cualquier elemento común es lógico. ¿Si lo hacen con la lengua usada por parte de la mejor novela catalana -Marsé o Vázquez Montalbán- quién les iba a impedir que no perpetraran algo similar con la tauromaquia? Pero que en el resto de la península se ufanen en repetir la animalada nos muestra una estulticia en grado sumo. Al menos unos tienen un objetivo político diáfano; los otros sólo un proceloso entendimiento tamizado por horas de series bien conocidas y eslóganes concienzudamente aprendidos para no tener que molestarse en leer, razonar o reflexionar por sí mismos.

Su visión no les permite respetar a aquél que ama la tauromaquia. Es como si los seguidores más acérrimos de Sálvame Deluxe decidieran prohibirnos el teatro de Buero Vallejo o Brecht porque son incapaces de apreciarlo. Esta pandillita de señoritos no sólo pretende imponernos sus gustos estéticos; también castigar a cualquiera que ose rebelarse contra su pose neoinquisitorial. Por eso se apostan cerca de las plazas de toros insultando a toda persona que simplemente pretende cultivar una afición artística y profundamente culta. Incluso ha habido ocasiones que algunas de sus acciones han puesto en peligro la seguridad de los que se encontraban por las calles aledañas. ¿Acaso los taurinos van a reventarles sus actos? ¿Es que no hay verdaderas causas animalistas en las que concentrarse? La mercantilización extrema de los alimentos o la destrucción dramática de especies irrecuperables perpetrada por furtivos no parecen tener la suficiente entidad para ellos. Probablemente porque siempre es más fácil escupir en el plato de alguien con la suficiente educación y paciencia para no responder. Pero las autoridades no pueden seguir mirando hacia otro lado. Es hora de tomar partido contra el clasismo y la incultura.

Rafael Rodríguez Prieto, Profesor Titular de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide

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